Estaba convencida de que la presencia del chat GPT en el trabajo de la estudiante era una oportunidad para pensar. Lo sabía, lo sentía. La situación me trajo a la memoria un fragmento de Santos Guerra. En el libro “Textos para el desaliento educativo”1 focaliza en la figura de los infractores. Cuenta que muchas personas que han infringido las normas han hecho avanzar la historia. Y si bien el infractor es molesto porque cuestiona el orden establecido, también genera interrogantes y provoca reflexión. ¿Podré tomar entonces esta situación como una infracción que interrumpe un camino prefijado, que abre nuevas preguntas y que lleva a pensar lo no pensado aún? Decidí afrontarla como un desafío y no quedar encerrada en un círculo de juicio moral.
Tenía una oportunidad para conversar con la alumna. Quedaba la instancia de defensa oral del trabajo. Desorientada y perdida, pero motivada por la situación me propuse pensar cómo organizar el encuentro con esta estudiante. Me resisto a limitar la exposición de un trabajo a un trámite pedagógico. Me niego a convertirla en una defensa que pone al otro frente al paredón para demostrar cuánto sabe. Evaluar no es una cacería de brujas para exponer lo que no se aprendió.
No podía y no quería mostrarme indiferente. Estuve varios días pensando en esto. Necesitaba aclararme. Volver a mi biblioteca y releer algunos libros. Caminé mucho. Comenté la situación con un colega en la universidad. Hice un llamado a otro que estaba lejos. Resonaba en mí las palabras de Jean-Luc Nancy: “… quizás haya que empezar por sentir de nuevo: siempre se trata de eso, de que el sentido, el sentido del mundo, el sentido del que estamos a cargo, que nos preocupa y nos inquieta, pide de nuevo lo sensible. Cuidar la frágil piel del mundo pasa, pues, por cultivar la propia sensibilidad y recobrar el presente”. Solo dejándome atravesar y afectar por esta situación, es decir, dando lugar a mi propia sensibilidad, podía ir al encuentro con la estudiante.
Llegó el día. La exposición del trabajo duró quince minutos. Ella parada al lado del pizarrón y yo sentada en un banco. El momento comenzó siendo tenso o al menos lo recuerdo así. Yo estaba nerviosa. Respiraba fuerte, exhalaba profundo. Al terminar le hice dos preguntas acerca de la metodología utilizada. Éstas bastaron y pusieron en evidencia lo que ya presumía: no era la autora del escrito.
Aquí podría haber terminado todo. La evaluación había finalizado y el “no apto” era incuestionable. La profesora que estaba conmigo se levantó, guardó sus cosas y salió del aula con poco aliento y bastante decepción. Sin embargo, yo había pensado tanto en este encuentro que le propuse a la alumna tener una conversación. La tensión seguía, se sentía en el aula, pero esta vez no era por la evaluación.
Me levanté de la silla y caminé hasta el fondo del aula. Tomé otra y la acerqué a la mía. Nos ubicamos una frente a otra.
Recuerdo que, a medida que hablamos, el sol se encondía y caía la noche. Poco a poco perdimos la poca luz que entraba por la ventana del aula entre preguntas, muchos silencios y pocas respuestas. Costó conversar. Me resistía a limitar las palabras a un sermón. Era justamente lo opuesto a lo que había estado pensando por días.
Le pregunté cómo había sido su paso por la carrera y qué expectativas tenía luego de graduarse. Me intrigaba saber qué había aprendido en todos estos años en la universidad. Creo que ella se sorprendió. Por eso primero me escuchó, me observó y poco a poco fue permitiéndose hablar como si estuviera buscando la salida de un laberinto. Se fueron cambiando los roles: ella comenzó a hablar y yo a escuchar. Entendí qué importante era mostrarme permeable, siendo que el callarse también es una modalidad de palabra posible.
Luego, sin buscarlo, nos encontramos nuevamente conversando sobre su trabajo. Ya había caído la noche y la oscuridad no dejaba ver nada a través de la ventana del aula. La estudiante comenzó a relatar las dificultades que había tenido con su tutor y lo difícil que le había resultado esta última etapa de la carrera. La angustia apareció y con ella, la sensación de desolación. Mencionó que, en muchas ocasiones, se había sentido a la intemperie y que la desesperación la había llevado a cometer errores de los que estaba arrepentida. De repente dijo:
– Me equivoqué profe, pedí ayuda a una amiga y me salió todo mal en el trabajo.
– ¿Una amiga? pregunté.
– Use el chat GPT. Esa es mi amiga.
La confirmación de mis sospechas ya eran un hecho. Ella confesó su infracción. Por la ventana del aula vi que las luces de la calle empezaron a prenderse. En ese instante, me acordé de la pregunta que hacía meses nos había paralizado: ¿qué vamos a hacer cuando los alumnos descubran el Chat GPT?
Era momento de hacer algo.
Continuará...
Santos Guerra, M.A. (2008). La pedagogía contra Frakenstein y otros textos frente al desaliento educativo. Graó. ↩︎
Leer es una de mis pasiones, y estoy convencida de que lo que me hace bien a mí debo compartirlo. Hoy quiero dar inicio a una nueva sección en este Blog que he dado a llamar: «Sentate a leer conmigo. Libros & Naturaleza». Me propongo compartir, todos los meses, una recomendación de lectura contándote por qué la elegí, qué me gustó y cómo puede ayudarte a reflexionar si también te interesa el mundo educativo. Se me ocurrió presentar los libros con fotos de fondo que yo tomo (aclaro que no soy profesional) en los lugares en los que leo. De este modo, además de invitarte a leer, te muestro paisajes naturales que me inspiran a seguir leyendo.
Empiezo este mes con una lectura que combina perfecto con el verano. Es un texto de fácil lectura y muy llevadero. Literalmente me lo tragué. Lo leí en unas pocas horas durante un fin de semana. Apenas lo terminé, se convirtió en uno de mis libros pedagógicos favoritos. En cada ocasión que tengo lo suelo compartir con docentes en clases o formaciones que doy.
Pero sin más preludios y para no matarte con la intriga, te comparto el título:¿Cómo disfrutar de mis clases? Cartas del siglo XXI entre dos profesoras españolas y una asesora pedagógica argentinade Laura Duschatzky.
Laura es Magíster en Educación de la Universidad Nacional de Entre Ríos, Licenciada y Profesora en Ciencias de la Educación de la Universidad de Buenos Aires (UBA), pero más allá de los títulos académicos, te cuento quién es ella para mí. Podría decir que Laura es una verdadera artesana de las palabras.
Durante mis años de formación de grado había escuchado su nombre y buscando bibliografía para una de mis tesis encontré este artículo: Los vínculos en las escuelas. Pensar la composición de las relaciones en tiempos digitales y abismales que escribe con Carlos Skliar y que realmente me interesó. De forma muy clara Laura invita a pensar en la importancia que tienen las relaciones en la escuela (e insiste en muchos de sus textos con la expresión «somos en relación») y procura dar algunas respuestas frente a la pregunta ¿educar tiene que ver con el querer a los demás?
En pandemia volví a cruzarme con ella pero de forma diferente. Recuerdo que aprovechaba la virtualidad para hacer seminarios para el Doctorado y me anoté a un curso que ella daba y que tenía por nombre «Dejar enseñar. Dejar aprender». Tenía la percepción de que era una propuesta distinta. Con solo leer el programa advertí que su curso se alejaba de la estructura rígida y formal que suelen tener los espacios académicos al invitar a un pensar (y pensarme) de la mano de otros.
Lo que ocurrió en esa experiencia de formación fue asombroso para mí. Lejos de presionarme con entregas de tareas y participación en foros, Laura me invitaba de manera muy amorosa a unirme a un pensar colectivo. Sentía que cada clase que leía de forma semanal era un oasis (recuerdo que le escribí un correo usando esta expresión) porque allí encontraba una fuente renovada de ideas, autores y reflexiones que me convocaban a pensar sobre lo que me pasaba cuando enseñaba. La propuesta no era una sumatoria de lecturas o actividades sino un convite para deleitar saberes que me interpelaban en medio de tanto encierro.
Esa experiencia me motivó a seguir en contacto con ella. Al año siguiente nuestras conversaciones derivaron en la creación de un espacio virtual de encuentro y de escritura destinado a docentes de distintos niveles y contextos. Fue una propuesta muy potente que funcionó como sostén en el aislamiento y nos permitió volcar en textos escritos nuestras experiencias enseñando en pandemia. Esta aventura pedagógica culminó con la compilación y la publicación de esos textos en un libro que llamamos «Sentir, pensar y narrar. Las experiencias del acto de educar en clave de creación« y que sigue llegando a docentes de distintos rincones del mundo.
Nuestra relación con el tiempo fue creciendo y eso hizo que hoy sea una amiga muy valiosa para mí. Confieso que solo nos vimos personalmente una vez en un café de Madrid aprovechando uno de sus viajes al viejo continente, dado que la mayoría de nuestras conversaciones han sido y son virtuales.
Si tuviera que escribir que disfruto de mi amistad con Laura podría enumerar muchas cualidades, pero me voy a detener en un gesto que la hace única. En la mayoría de nuestras charlas por zoom, mientras conversamos sus manos suelen volar por su biblioteca para sacar un libro, uno que ella recuerda pensando en alguna frase o bien un pequeño párrafo que nos ilumina a seguir pensando juntas. Al abrirlo, de manera mágica, encuentra lo que buscaba y suele leerme de forma pausada y sentida, como si hiciera propias las palabras del autor y me las dijera directamente a mí, solamente a mí. Esos son «instantes» que me llenan de nuevas ideas, me ayudan a pensar lo no pensado hasta el momento y nutren mi escritura trayendo otras palabras, aunque a veces, éstas sean prestadas.
Como todas las experiencias que vivimos juntas, mi encuentro con su libro fue inesperado. Ella me había comentado de esta publicación pero no podía conseguirlo en Argentina. Ya en España, a pocas semanas de haberme mudado, fui a la Feria del Libro en el Parque del Retiro y en unos de los stands (precisamente el de la Editorial Morata) me topé con su texto. Muy asombrada lo tomé en mis manos, comencé a leer el índice y el señor que lo vendía me preguntó si la conocía. Curiosamente era su editor y comenzamos hablar de Laura y de la amistad que cada uno tenía con ella. Ese día terminé enviándole a Laura una foto con su editor y yo me llevé el libro a casa, aunque confieso que leí las primeras páginas en uno de los bancos del Retiro, lugar que ella también describe en su libro:
«Seis palabras me llegaron como un grito de auxilio. Caminaba El Retiro, en Madrid, con una docente universitaria que había conocido hacía solo dos días. Sin embargo, bastó esa frase para que emprendiéramos un camino juntas. ¿Tenía que saber algo más de ella para que pensáramos la enseñanza? Estaba segura que nos unía un deseo. Y eso bastaba» (p. 26)
Ahora entenderás por qué esta primera publicación se llama «Sentate conmigo a leer desde el Parque del Retiro».
¿Cómo disfrutar de mis clases? es un libro de conversaciones pedagógicas. Laura reconstruye las charlas que mantiene desde Buenos Aires con dos profesoras españolas, Lola y Blanca. A través de correos electrónicos realiza un asesoramiento pedagógico que las ayuda a reflexionar sobre la enseñanza y todo lo que se pone en juego al entrar en un aula. Laura deja relucir su oficio de asesora pedagógica al escuchar una inquietud de Lola y otra de Blanca y abre un camino de preguntas y reflexiones que nos invitan a los docentes a pensar cómo disfrutar de lo que hacemos cuando enseñamos.
A lo largo de 269 páginas Laura ayuda a estas dos docentes (y a sus lectores también) a pensar en la enseñanza. Su texto está lleno de metáforas y preguntas que necesariamente llevan al lector a reflexionar sobre sus prácticas y los modos que tenemos que «vivir la enseñanza» sabiéndonos y aceptándonos sensibles y vulnerables. Te comparto un fragmento del libro que resume el punto de partida que tuvo Laura para comenzar a escribir:
«Enseñar. ¿Qué significa enseñar? Más aún, ¿vale la pena formularnos esta pregunta? Otra vez la idea de sentido se entromete. Enseñamos para pasar un legado, para que las nuevas generaciones puedan introducirse en el mundo a su manera y puedan hacer algo diferente. Pero si nosotros, los adultos, los responsables de dicho pasaje estamos llenos de fracasos y frustraciones; si ya, cada vez, tenemos menos orgullo de mostrar lo que hicimos de este mundo y en este mundo, y nos perdemos en una nebulosa, intentando sacar la cabeza como si nos ahogáramos, pidiendo auxilio casi a gritos, ¿qué autoridad tenemos para convertirnos en transmisores? (p. 20)
Laura cumple su labor de asesora con palabras que animan a no conformarse, a buscar el sentido perdido y a que éste se encarne en cada docente para generar condiciones que hagan más habitables los espacios educativos en el presente, aquí y ahora.
Te invito a escuchar en la voz de Laura lo que quiso compartir con este libro a través del siguiente video. Tomate unos minutos, cerra tus ojos y escucharla con atención.
Espero que esta recomendación te haya gustado y que disfrutes de este libro tan necesario para quienes amamos enseñar. Dejame tu comentario contándome si esta propuesta te gustó o queres que sigamos conversando sobre el contenido del libro.
Muchas veces como docentes sabemos que lo que hacemos en clase no funciona o bien que podríamos incorporar otras formas de enseñar que generen más interés en los estudiantes o los comprometan más con su aprendizaje. ¿Te pasó? A mí muchas muchas veces… cuando no es falta de tiempo, es escasez de recursos y podría enumerar algunas razones más que hacen que suela postergar las intenciones que tengo de cambiar cómo enseño en distintas asignaturas.
Etimológicamente, el término innovación se encuentra conformado por tres componentes: in-nova-ción. Nova remite a la idea de renovar, cambiar, realizar nuevamente; así como también involucra novedad, cualidad de lo desconocido, novel, novicio. El prefijo In hace referencia a introducción, incorporación de algo nuevo en una realidad ya existente. Mientras que el sufijo ción implica actividad o proceso, resultado, realidad interiorizada e incorporada (Libedinsky, 2005). De esta manera, definimos a las innovaciones educativas como un conjunto de procesos complejos, sistemáticos e inten-cionales en los que resulta de suma importancia el protagonismo de los docentes en ellos e implican tomas de decisiones e intervenciones tendientes a la modificación de actitudes, concepciones, culturas y prácticas educativas, así como también la resolución de problemas, tendientes al mejoramiento de la calidad de la enseñanza, introduciendo rupturas en las prácticas preexistentes y cambios en las creencias, supuestos o teorías subyacentes que sustentan tales prácticas (p. 89).
El artículo realmente me resultó muy interesante. Me permitió reencontrarme con el concepto de “innovación” pensando los sentidos que la unen y distancian de otras nociones como “ruptura, mejora, prácticas planificadas y contextualizadas”. También me posibilitó pensar de la mano de otros autores que hacía tiempo no leía. Recordé a Fullan (2002)1 quien explica que los procesos innovación traen consigo “desaprendizajes” y “reaprendizajes” para los docentes dado que desencadenan incertidumbre y desafían a probar, ensayar y experimentar nuevas estrategias poniendo en tensión las propias creencias y prácticas. Ahora bien, ¡qué díficil es sostener los cambios y transferirlos a otros espacios de nuestra práctica docente!
La autora nos ayuda a profundizar en la comprensión de las innovaciones retomando los tres enfoques(tecnologico, político y cultural) que plantean House y Mcquillan (2005)2 para su estudio y el recorrido por seis dimensiones(sistémica, ecológica, cognitiva, de diálogo, de investigación-acción y holográfica) que Ruiz Ruiz (2003)3 desprende de estos enfoques para reflexionar sobre los propósitos y finalidades de las innovaciones. Asimismo, desde la perspectiva de la complejidad (Morin, 2005),4 la autora recurre a la noción de «trayectoria» para ayudarnos a pensar el camino que recorren las innovaciones, considerando el momento de gestación y los períodos en los que se desarrollan. Esto último me dejo pensando dado que, a partir de las innovaciones, los docentes podemos procurar su generalización y expansión, limitarnos a reemplazar una práctica por otra ya existente o bien abandonar el proceso de cambio considerando los obstáculos y dificultades que pueden aparecer.
Leer siempre me ayuda y este artículo me inspiró a innovar: animarme a hacer algo diferente en mis clases. Elegí la asignatura «Alumnos con necesidades de apoyo educativo», un espacio curricular que está en la mención Educativa del grado de Psicología en la UFV. En la Guía Docente podrás ver que en esta asignatura analizamos distintas situaciones o condiciones, temporales y permanentes, que pueden afectar el proceso de aprendizaje de los estudiantes. Sin embargo, esto no se limita a la educación formal sino que incluye analizar cómo los psicológos educativos pueden acompañar procesos de evaluación e intervención psicoeducativa que favorezcan la inclusión educativa y social en distintas actividades y contextos.
Al pensar cómo podía mejorar el aprendizaje de los estudiantes se me ocurrió ponerlos en contacto con experiencias reales y situadas de profesionales que trabajan, de forma independiente o a través de centros especializados, con estudiantes, comunidades educativas y familias de personas con discapacidad o condición alguna que afecte su aprendizaje. ¡Esto fue un desafío! Hace dos años que llegué a España y aún estoy en proceso de construir nuevos lazos profesionales. Pero en lugar de amedrentarme, sentí que allí estaba el reto didáctico para mí. Así fue como durante el cuatrimestre fui armando una nueva red de contactos que me permitieron tener invitados muy valiosos en las clases.
Una de estas visitas que logré concretar en el aula potenció el interés por aprender de mis estudiantes. Marta, la directora del Centro GATEA, un espacio que brinda atención integral a personas con trastorno del espectro autista (TEA), asistió con Meli (psicóloga del Centro) y contó su experiencia como mamá de un joven con TEA y fundadora de GATEA. Nos llenó de anecdótas donde mis estudiantes pasaron de la emoción a la risa y quedaron con ganas de saber más no sólo de su Centro sino del TEA, contenido que estabámos trabajando.
Esto me llevó a pensar que la innovación de abrir las puertas de mi clase requería pensar otro cambio más ¿Qué hacer con este interés que había suscitado la visita de Marta?, ¿qué podía cambiar de mi propuesta de tareas y actividades que sostuviera esta motivación? Nuevamente decidí innovar… y exploré por varios días el trabajo del Centro GATEA y los recursos que tenía disponible de forma abierta. Así descubrí su canal de Youtube (https://www.youtube.com/@gateaatencionglobal9101) y un repositorio lleno de podcasts, algunos solo con audio y otros en formato video. Comencé ese mismo día a escucharlos y no podía dejar de hacerlo…
Este recurso me llevó a pensar cómo incorporarlo en mis clases y nuevamente una innovación nació. Les propusé a mis estudiantes trabajar con los podcasts. Cada uno debía elegir de forma autónoma un episodio que les generaba más curiosidad o interés y animarse a grabar sus reflexiones en un podcast en formato audio. Quería que pudieran tener una escucha atenta y sensible y que su reflexión no se limitara a un texto estructurado o a resumir lo escuchado con ayuda del Chat GPT. Buscaba sostener la motivación conectando lo que pasaba dentro y fuera del aula. De esta manera, quería que ellos puedan acercarse de otra manera con lo que estaban estudiando pensando en su presente, retomando sus experiencias personales y acompañándolos a proyectarse como profesionales en el futuro.
Esta es la consigna que les compartí: Una vez que escuches o visualices el episodio que elegiste, debes armar un audio (a modo de podcast) de una duración mínima de 3 minutos y máximo 5 minutos donde reflexiones sobre lo que escuchaste y cómo lo conectas con lo estudiado en la asignatura (lecturas obligatorias, presentación de clase y comentarios que fuimos compartiendo en el aula).En tu audio debes dar respuesta a las siguientes preguntas: a) ¿De qué trata el material que escuchaste o visualizaste?(¿cómo se titulaba?, ¿qué número de episodio era?, ¿quiénes formaron parte del mismo?, ¿qué ideas o temas fueron abordados en relación al TEA?), b) ¿Qué te pareció novedoso e interesante considerando los conocimientos y/o experiencias que tenías en relación al TEA?(es importante que hables desde tu experiencia personal como estudiante), c) ¿Qué relaciones o vínculos encuentras con las lecturas obligatorias o materiales abordados en clase?(aquí puedes retomar una cita de los textos o algún ejemplo o caso que hayamos comentado en clase), d) ¿Por qué crees que un/a psicológo/a debería escuchar o visualizar este material? ¿qué aportes hace para comprender y actuar en la práctica profesional?, e) ¿A quiénes recomendarías escuchar o visualizar este material?(padres, hermanos, educadores, profesionales del campo de la salud, políticos, comunidad en general) y ¿por qué? (menciona al menos 3 razones), f) ¿Qué aprendiste a partir de esta actividad? Estas preguntas no debes mencionarlas de forma explícita en tu audio, solo son una guía para ayudarte a organizar tu reflexión.
Cuando les presenté esta propuesta de trabajo confieso que algunos me miraron con desconfianza. ¿La tarea consiste en grabar un audio como si te mandara un Whatssap?, profe ¿solo queres escucharme?, ¿cómo me grabo? Fui contestando todas estas preguntas y los animé (también yo me animé) a explorar nuevos recursos (disponibles en internet de forma gratuita) para aprender siguiendo esta cadena de innovaciones en la que estaba metida. Juntos exploramos la herramienta Voccaro, ya que nos ofrecía una manera simple de grabarnos. Primero probé yo grabando los pasos para resolver la actividad (escucha aquí) y luego ellos. También les propusé socializar esos audios, es decir, compartirlos como grupo para escucharnos. Por suerte, aceptaron subir cada uno su podcast a un muro colectivo a través de la herramienta Padlet (si no conoces este recurso te dejo un material que explica qué es y cómo usarlo: https://intef.es/wp-content/uploads/2019/10/Padlet-2.pdf)
Al terminar esta actividad, muchos me expresaron su satisfacción con la propuesta y lo novedoso que les había resultado resolver una tarea en formato audio. También compartieron en clase lo interesante que les había parecido escuchar a sus compañeros y lo que habían descubierto del TEA. Sin embargo, cuando creía que las innovaciones en este curso habían llegado a su fin, nuevamente se desencadenaron otras.
Con autorización de mis estudiante, compartí con Marta (del Centro GATEA) las resonancias de sus podcasts a partir de las reflexiones que estaban colgadas en la Padlet. Ese mismo día, antes de entrar a clases, recibí este correo de Marta:
Aún sorprendida por esta respuesta, lo primero que hice al comenzar la clase, fue leer a mis estudiantes las palabras de Marta. Algunos se reían, otros estaban en shock. La invitación de Marta nos sumergió (a los estudiantes y a mí) en un nuevo desafío que aceptamos y que hoy nos llena de orgullo. ¡Grabamos un episodio para GATEA y los audios de mis alumnos hoy también forman parte de otras reflexiones que se comparten en el canal de YouTube del Centro para que otros puedan seguir aprendiendo!
Te comparto aquí los enlaces para que puedas escucharlos:
Si esta experiencia que te compartí te interesó, te invito a que dejes un comentario así seguimos en contacto.
Fullan, M. (2002). El significado del cambio educativo: un cuarto de siglo de aprendizaje. Profesorado, Revista de currículum y Formación del Profesorado, 6, 1-14. Disponible en: https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=56751267002↩︎
House, E. & Mcquillan, P. (2005). Three perspectives on school reforms. En A. Lieberman. The roots of educational change. International handbook of educational change. Springer. ↩︎
Ruiz Ruiz, J. M. (2003). Cómo mejorar la institución educativa. Evaluación de la innovación y del cambio. Análisis de casos. Cooperativa Editorial Magisterio. ↩︎
Morin, E. (2005). Introducción al pensamiento complejo. Gedisa editorial. ↩︎
Habían pasado casi tres meses desde aquel primer encuentro con el Chat GPT. Con más frecuencia empezábamos a mencionarlo en reuniones de profesores: ¿alguien probó que dice el chat?, ¿podremos encontrar algo en la IA que nos pueda servir?
Compartíamos “trucos” para dar órdenes cada vez más específicas: saludar siempre a la IA, utilizar verbos precisos al momento de hacer pedidos, chequear las respuestas con otras fuentes, formular preguntas de manera diferente, entre otros.
El Chat nos estaba brindando ayudas para resolver tareas de todos los días, las hacía más livianas, pero nada de eso incluía a los estudiantes. No había lugar para alojar preguntas incómodas respecto de cómo podría afectar el Chat GPT al aprendizaje y cuáles serían las experiencias que quizás estarían teniendo los estudiantes con la IA. Parecía un tema prohibido.
Tal vez todos dábamos por supuesto, como si fuera una premonición silenciosa, que el chat GPT nos traería problemas con nuestros estudiantes. Si la IA agilizaba nuestras tareas, seguramente también las de ellos. La fórmula Chat GPT+ estudiantes = fraude comenzaba a rondar, al menos en mis pensamientos.
Parecía acorralada por dilemas. Saber y no saber sobre la potencialidad y los peligros del chat GPT. Enseñar usándolo en clase o ignorarlo en mis prácticas como si fuera un desconocido. Conocer qué hacen los alumnos con la IA o mejor postergar esa búsqueda.
Por suerte algo inesperado me sorprendió. Era martes y la primavera ya se estaba dejando ver por la ventana del despacho. Bajé por un café. El sueño me vencía luego de una mañana llena de clases. Volví a mi escritorio y comencé a leer un trabajo final de carrera de una estudiante. A medida que avanzaba en las páginas iba sintiendo incomodidad. Me movía en la silla, resaltaba frases en el texto, hacía anotaciones al margen. Estaba inquieta. Algo no me cerraba. Encontraba información que me resultaba rara, incongruente, errores conceptuales repetidos. El escrito tenía un formato desconocido. Nada me cerraba. Era evidente que el trabajo era ajeno a la autora, a su nivel de formación y a los requisitos que organizan este tipo de escritos.
El café se enfrió porque la lectura me atrapó. En veinticinco minutos leí las cuarenta páginas y poco a poco la idea de una posible presencia del Chat GPT en el trabajo fue ganando fuerza.
A esta altura yo también tenía mis trucos con el Chat. Le hice preguntas sobre el trabajo y pegué fragmentos del texto para ver si la IA se atribuía la autoría. Busqué las referencias y autores citados en el texto y descubrí que algunos eran inexistentes. Encontré dos blogs de profesores que explicaban cómo descifrar el uso del chat en tareas realizadas por los estudiantes. Algunos de estos indicios coincidían con fallos presentes en el escrito. Terminé el café ya frío y con un sabor amargo. Esa tarde me di cuenta que ya estaba ante el primer trabajo de un estudiante en co-autoría con el Chat GPT.
Cuando llegué a casa le comenté a mi esposo lo que había descubierto. Espantada le conté mi proceso como si hubiera reunido pistas para resolver un crimen. Me sentía una Sherlock Holmes pedagógica.
Recuerdo que esa noche no podía conciliar el sueño. ¿Y ahora qué?, ¿qué debía hacer?, ¿hay protocolo para esto?, ¿es plagio? Estaba desorientada. Me enfrentaba a un no saber qué hacer, qué decir, qué proponer. Buscaba entre mis pensamientos una posible salida. No quería limitarme a suspender el trabajo y fin del cuento. Intentaba pensar qué podíamos aprender de esta situación.
Di muchas vueltas en la cama. En una de ellas, recordé el libro que había leído el verano pasado: “La inteligencia de las flores” de Maurice Maeterlinck1. Un texto al que llegué que me sumergió inesperadamente en el asombroso mundo de la botánica. Me levanté y fui al estudio. Entré, prendí la lámpara del escritorio y me dirigí a la biblioteca. Recorrí con mis dedos los lomos de los libros de los dos primeros estantes. Allí estaba. Lo tomé y al abrirlo leí: “Que encontremos algunas plantas y flores torpes o desafortunadas no significa que estén completamente desprovistas de sabiduría e ingenio. Todas ellas tienen la ambición de invadir y conquistar la superficie terrestre multiplicando hasta el infinito la forma de existencia que representan porque la ley que las condena es la inmovilidad”.
Leí estas frases e inevitablemente pensé en cómo me sentía. Las respuestas ya sabidas como profesora hoy no servían. No podía quedarme inmóvil. Tenía que salir de lo conocido e ir más allá. ¿Qué otra forma de existencia requería esta situación?
Ya eran más de las dos de la mañana. Fui por un vaso de agua y volví a mi estudio para seguir leyendo. Recordé algunas cosas que había aprendido con este libro. La más importante: detrás del silencio y la sensación apacible que generan las plantas, hay un mundo que se rebela desde la raíz contra el destino. Ganar altura, escapar de la fatalidad del suelo, eludir y transgredir la inmovilidad, liberarse. Algunos dicen que las plantas se inventan alas para vencer el espacio al que las condena el destino y así logran avanzar ganando otros terrenos, expandiéndose y creciendo.
Ya era tarde y decidí terminar el capítulo que había comenzado a leer al azar. Volví a la cama con esta última frase: “La flor ofrece un prodigioso ejemplo de insumisión, coraje, perseverancia e ingenio. Si decidiéramos alzarnos contra las diversas necesidades que nos aplastan con la mitad de la energía que despliega una pequeña flor de nuestro jardín, cabe pensar que nuestra suerte sería muy distinta”. Recuerdo que me dormí pensando en la importancia de despegarse de la idea de plagio y suspenso, de no quedarme en el mismo lugar, de rebelarme contra ese destino que a veces parece limitarnos la evaluación. ¿Qué tendría que hacer para expandir mi comprensión y ayudar a esta estudiante a usar su inteligencia?
Al despertarme seguí pensando en la inteligencia tan sensata y viva de las flores. Guardé el libro en mi maletín y salí para la universidad. Ese día tenía reunión de profesores y no me aguanté mucho para levantar la mano y pedir la palabra. Lo tenía que decir, ya no me lo podía guardar. Respiré hondo y lo largué ante todos: Encontré un trabajo realizado por el Chat GPT. ¿Qué hacemos?
Maeterlinck, M. (2022). La inteligencia de las flores. Gallo Nero. ↩︎
Experimentando cercanía en distintos rincones del mundo: Salzburgo.
Viajar me apasiona. Cada vez que tengo la oportunidad de tomar un avión o subirme al coche para descubrir un lugar nuevo, se abre ante mí una aventura. Conocer culturas, escuchar otros idiomas, explorar sabores distintos y dejarme cautivar por paisajes e historias únicas me brinda infinitas oportunidades para seguir aprendiendo.
Nunca vuelvo igual de un viaje, y menos si es educativo. La experiencia me muestra que viajando mis conocimientos se expanden. Conocer la realidad de otros investigadores, profesores y estudiantes me permite tener una bocanada de nuevos aires pedagógicos. De esta manera siento que vuelvo a mis espacios renovada e inspirada para dar apertura a otros proyectos.
En esta oportunidad te cuento mi primer viaje educativo viviendo en Madrid. En 2022, comencé a trabajar en una Universidad online en España. Mientras escribía mi Tesis Doctoral tomé unas horas en un Máster en Formación de Profesorado, un espacio que ofrece formación pedagógica a profesionales que quieren dedicarse a la enseñanza. Ingenua de mí, al pensar que mi desafío se limitaba a dar clases en otro país.
A los pocos días de ingresar a la Universidad recibí la invitación para participar en una estancia ERASMUS para profesores en países de la Unión Europea. Sin pensarlo mucho, llené mi postulación para tres universidades que tenían carreras o programas focalizados en Pedagogía. Elegí Universidades de Austria, Italia y Portugal, pero realmente deseaba que me asignarán la posibilidad de viajar a la Universidad Stefan Zweig en Salzburgo (Austria). Había investigado las tres opciones a las que me había apuntado por internet y la elección de Austria se basó en las diferencias que podía reconocer con mis experiencias previas. Si bien el idioma (alemán) me asustaba, el tener que hablar inglés sumaba un desafío extra a esta aventura.
Realmente postularme no implicaba poner en riesgo nada de lo que ya había conseguido (que era mucho para mí). Sin embargo, cuando lo hice no estaba muy esperanzada, tenía poca confianza en mis antecedentes académicos. ¿Serían suficientes para la postulación?, ¿mi perfil le interesaría a alguna Universidad?, ¿estaría preparada para este tipo de experiencia?
A pesar de mis pronósticos negativos, semana a semana, fui superando los distintos pasos administrativos que requería la postulación y sólo quedaba esperar el veredicto final. Tres días antes de la Nochebuena me llegó un correo confirmando que la estancia me había sido otorgada y en la Universidad que quería. ¡Se había anticipado mi regalo de Navidad y la posibilidad de viajar ya era una realidad!
Recuerdo que al recibir el correo grité: ¡Si, si, si! Repetía este monosílabo sin parar desde el pequeño estudio que tenía en la casa en la que vivía en ese entonces. Luciano, mi marido, vino a verme y festejaba conmigo porque él también sería parte de este viaje. Con esta estancia teníamos la oportunidad de volver a tomar un avión y conocer nuevos lugares luego de toda nuestra travesía mudándonos a España en plena pandemia. Con la emoción a flor de piel, ese mismo día empezamos a buscar vuelos, hosteles y lugares turísticos para recorrer.
Confieso que los meses previos al viaje volaron porque hice muchas cosas. Reforcé mi inglés tomando clases especiales, armé dinámicas para presentarme y mostrar mi trabajo a profesores y estudiantes, diseñé materiales didácticos para las clases que debía dar y armé un recorrido turístico que incluyó algunos lugares de Suiza, Alemania y obviamente Austria. Eran trece días muy compactos con un plan exigente lleno de actividades que me permitían combinar trabajo con disfrute.
Y así fue como llegó el día del viaje. El lunes 6 de marzo de 2023 a las 10.00 hs. estaba en la puerta de la Universidad Stefan Zweig llena de miedos e inseguridades, pero muy feliz. La curiosidad me salía por los poros. Quería conocer todo y estaba dispuesta a superar los obstáculos que aparecieran para lograrlo.
Recuerdo que, a medida que me acercaba a la puerta de la Universidad y veía gente dentro del edificio, mi corazón latía más y más fuerte. Una vez allí me dirigí a la oficina de Educación Internacional y me encontré con las referentes del programa ERASMUS+ quienes me recibieron con los brazos abiertos y me hicieron sentir en casa.
Hoy puedo decir que no me equivoqué eligiendo a la Universidad de Educación Stefan Zweig. Es una institución focalizada en la formación inicial (grado) y continua (posgrados) de docentes de nivel primario, secundario y educación especial, pero desde una perspectiva inclusiva y muy novedosa. Si tuviera que decir qué me sorprendió de esta Universidad podría resumirlo en tres aspectos claves:
1. La potencia del arte en la enseñanza. En cada una de las aulas de la Universidad se respira creatividad. Pinceles, maquetas, esculturas, instrumentos musicales y recursos para enseñar están presentes en todos sus espacios. Una semana allí me bastó para aprender la importancia de enseñar creando experiencias multisensoriales que comprometan subjetivamente a los estudiantes, más allá de la edad que tengan y el lugar de donde provengan.
2. La intensidad de la formación práctica. Desde primer año los estudiantes que se forman para ser docentes asisten a escuelas primarias y/o secundarias para tener contacto directo con la realidad educativa. Tuve el enorme placer de visitar una de ellas. Su propuesta pedagógica me atrapó a tal punto que pase todas las mañanas de mi estancia allí visitando clases, hablando con profesores y observando a estudiantes. Te preguntarás: Noe, ¿qué viste? Hago una listita de lo más importante:
Las aulas interculturales. Allí se habla alemán e inglés como idiomas básicos para aprender, pero escuché francés, español e incluso chino. Las lenguas se mezclan en un clima que respeta y valora las diferencias.
Las propuestas de enseñanza basadas en el aprendizaje por proyectos interáreas. Pizarras que integran matemática con biología e historia con literatura. Nada se aprende fragmentado, todo se articula para propiciar la comprensión. Los proyectos duran un mes y comprometen a los estudiantes a alcanzar metas de forma cooperativa.
El arte como modo de expresión transversal para aprender cualquier campo de conocimiento. Las paredes de la escuela estan decoradas de producciones de los estudiantes y muestran el proceso creativo que los estudiantes han atravesado para llegar a exposiciones plagadas de colores y texturas.
Los espacios de asamblea como lugares de encuentro. El inicio de la jornada escolar como la organización del mobiliario en las aulas fomenta la circulación de la palabra y el diálogo. Fue maravilloso ver cómo en las clases las dudas se resuelven en el centro del aula donde unos se encuentran con otros para ayudarse y acompañarse. Hay alumnos más avanzados que otros que tienen la función de brindar asistencia. También hay delegados en cada clase que contribuyen a mantener una convivencia armoniosa.
La autonomía de los estudiantes. Cada uno sabe que semanalmente debe cumplir con ciertas tareas y hay momentos de la jornada escolar, libre de actividades grupales, donde los estudiantes deciden cómo gestionar su tiempo: juegan, completan actividades, descansan, escuchan música o leen. Todos circulan por la escuela decidiendo qué y cómo estar en ella.
El acompañamiento a la inclusión educativa. No hay condición ni diagnóstico que impida que la escuela sea un espacio de aprendizaje para todos. La clave: varios docentes trabajando juntos. Nadie está solo, duplas pedagógicas por aula y hasta cuatro o cinco docentes organizando el trabajo de una clase o cuidando el recreo. En esta experiencia confirmé (una vez más) que la colaboración es la llave para generar oportunidades reales y propuestas didácticas potentes.
3. La organización de los espacios de aprendizaje. Todo lo que observé rompe con la estructura tradicional de las aulas. Las mesas móviles permiten armar y desarmar la dinámica de trabajo en el aula pasando de aprender de forma individual, a trabajar en parejas, a grupos de cinco alumnos a grupo total. El aula es un espacio que se reorganiza de forma permanente y cobra vida ante cada propuesta didáctica. En la “escuela de práctica” hay rincones temáticos como se acostumbran a organizar las salas de Educación Inicial en Argentina. En cada clase hay espacios de lectura con bibliotecas, armarios con juegos de mesa, plantas o pequeños huertos domésticos cerca de las ventanas, instrumentos musicales disponibles y almohadones para descansar. En la Universidad la organización de los espacios también es novedosa. Hay mesas rectangulares o circulares que fomentan permanentemente el trabajo en equipo. Carritos llenos de recursos: tijeras, pegamentos, pinceles, reglas e incluso máquinas para perforar, tallar o coser. Todo invita a un «aprender haciendo» que moviliza a la acción en un ambiente motivador.
Si todavía estas leyendo entenderás por qué quedé fascinada con esta Universidad… Imaginarás que con tanto por aprender los días se pasaron volando y pude compartir todo lo que había preparado. Dí un workshop de investigación donde encontré colegas con preocupaciones similares y trabajos que pueden dialogar con los míos en términos teóricos y metodológicos. Participé en varias clases, algunas ya programadas en mi viaje y otras en las que me infiltré porque la curiosidad y las ganas de aprender me impulsaban a ser parte. Conversé con muchos profesores, conocí sus experiencias y también los desafíos que hoy tienen al formar a docentes. Realmente la estancia se hizo corta y me quedé con ganas de más pero, por suerte, ya sé que puedo volver para seguir aprendiendo.
El viaje también me dio la oportunidad de descubrir Salzburgo, una ciudad hermosa, llena de historia, de música de la mano de Mozart y de excelente gastronomía. Una experiencia para recordar, compartir y seguramente repetir.
Si lo que escribí te gustó y queres conocer más, te dejo algunos enlaces de interés:
El curso pasado le propuse a una compañera que leyéramos con nuestros estudiantes un libro. Ambas damos asignaturas de la mención educativa en el grado de Psicología en la Universidad. Queríamos incluir un texto que conectara nuestros espacios y acercara a los estudiantes a otro estilo de escritura. Una más cercana a la realidad, a sus historias pasadas en la escuela y a las futuras que podrán encontrarse como profesionales. Una escritura que nos ayudara a habilitar un espacio de reflexión y conversación sobre el complejo camino de la inclusión educativa.
Luego de varios días buscando y revolviendo en mi biblioteca y en la notebook que traje de Argentina, me vino a la mente el libro “Señales de vida”1. Su autora, Teresa Punta es una directora de la provincia de Chubut, que escribió las experiencias vividas en la Escuela Primaria Nº4.
Recuerdo que apenas pensé en el libro de Teresa fui trayendo a mi memoria fragmentos de las historias de sus alumnos, como si cayeran, una a una, piezas de un dominó. Se agolparon recuerdos de esos relatos que, en otra asignatura2 años atrás, ya me habían invitado a explorar otros modos de estar juntos en la escuela.
Abro un paréntesis: (-Si aún no conoces a Teresa, a “Señales de vida” y al resto de los libros que ha escrito, no dejes de hacerlo-), lo cierro.
La propuesta de leer este libro rápidamente fue aceptada por mi compañera. Teníamos nueve capítulos, nueve historias para compartir con los estudiantes. Ella eligió cuatro, yo otros cuatro y dejamos el último para leer juntas en la clase de cierre del curso.
Bajo este acuerdo, cada uno organizós tertulias dialógicas en sus clases. Yo les pedía a los estudiantes mover los bancos del aula. Armábamos un círculo con la intención de poder mirarnos a los ojos. Buscaba favorecer una escucha atenta. Tener la posibilidad de conversar acerca de lo que pasaba en cada historia que Teresa nos compartía y lo que nos pasaba a nosotros con ellas. A partir de esta propuesta, volvimos a leer en clase. ¡Sí, leer en voz alta como en la escuela! Cada uno leía un párrafo, intentando meterse en la historia y pasando la voz en la ronda. Leía uno, había una pausa, y seguía el siguiente.
En la segunda tertulia que tuvimos, les propuse a los estudiantes leer el capítulo 7: la historia de Emanuel, un niño que ayudó a la comunidad de la Escuela Nº 4 a pensar en la diversidad. Seguro te estarás imaginando el relato de un niño con discapacidad o alguna condición específica, pero no. Emanuel puso sobre la mesa la conversación sobre la diversidad de familias e inspiró un proyecto llamado “Armando familias”3. Teresa dice: “La idea de que hay una forma y un modo más correcto y que está establecido a priori de la existencia singular, se instala y deja fuera otras manifestaciones, las cataloga como peores, no se anima a mirarlas. Y en ese dejar afuera, en ese no mirar, dejamos de mirar propiamente a quienes viven estas realidades”.
Lo que abre la historia de Emanuel es maravilloso. La acogida de hijos adoptivos, la posibilidad de construir familias ensambladas, el lugar de la enfermedad y la muerte en quienes amamos, etc. Estas son algunas de las tantas situaciones que existen en las familias y que en la comunidad de la escuela de Teresa se propusieron no negar ni invisibilizar.
La noche anterior a esta tertulia volví a leer el capítulo. Ya era la cuarta o quinta que lo hacía, sin embargo, me detuve en una frase me llamó la atención:
“No se aprende por repetición ni por explicación sino por contigüidad.
Estar cerca pero no pegados. Nos preguntamos si no será una forma novedosa de mirar los vínculos que a veces se nos presentan tan empastados y superpuestos.
La contigüidad da un aire, un espacio entre, es un estar cerca, pero sin estar pegado.
La telefonía celular lo llama “Bluetooth” y nosotros, en la escuela, lo tomamos.
Confieso que repase varias veces estas seis oraciones. Cada vez que las volvía a leer, lo hacía más pausado, intentando comprender de forma más profunda el significado de sus palabras. Contigüidad era otra forma de nombrar a la “cercanía”. Esa palabra que me movilizó en mi Tesis Doctoral a comprender qué posibilidades de relación entre un docente y un estudiante permiten que enseñar y aprender sean una aventura inolvidable.
Hace años me inquieta comprender las relaciones pedagógicas, ¿cómo se construyen los vínculos en la escuela?, ¿por qué su potencia deja marcas subjetivas tan duraderas en el tiempo?
Leer a Teresa me ayudó a recordar que, tal vez, todo comience por estar disponible, por tener abierta la red sensible y amorosa de escucha para nuestros estudiantes, por mostrarles que estamos abiertos a conectar con ellos, a comunicarnos de otra manera y a intercambiar saberes sin mediaciones.
A partir de ese día, la idea del Bluetooth pedagógico me atrapó y fue ganando fuerza…
Al pensar cómo dar lugar a este deseo que tengo de escribir, la analogía del Bluetooth me inspiró para crear este blog y conectar con quienes tengan activa su red de experiencias pedagógicas.
Sigo investigando cómo podemos construir cercanía en las aulas, mientras tanto voy intentando que cada palabra que escribo aquí nos permita aprender por contigüidad…
Yo ya active mi bluetooth pedagógico, ¿y vos?
Punta, T. (2016). Señales de vida: una bitácora de escuela. Lugar Editorial. ↩︎
Teresa Punta participó en 2021 en una clase virtual abierta titulada “La escuela y sus mundos posibles: miradas y saberes situacionales en la enseñanza”. Esta actividad fue organizada por el equipo docente (que integré de 2021 a 2023) de la asignatura «Perspectiva situacional de la enseñanza» del Ciclo de Complementación Curricular de la Licenciatura en Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de Río Negro. Si deseas acceder a la clase, podes hacerlo a través del siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=XGt9RLMD2ro&t=395s↩︎
En el capítulo 7 Teresa cuenta acerca del proyecto «Armando familias». Al respecto dice: «Es un trabajo que hacemos con unas cajas fabricadas para la ocasión. En cada caja hay un grupo de muñecos de trapo. Mujeres, hombre, chicos. En una además hay un perro, en otra sólo hombres, en algunas sólo niños, en otras hay muñecos obesos, gente en silla de ruedas… todo lo que imaginamos. La consigna cuando trabajamos con los chicos es decir una enunciación que convierta en una familia a ese grupo que aparece en la caja al azar, y una de las reglas que pusimos es que nadie puede negar lo que el otro dice con respecto a esa familia».↩︎
Durante los siguientes días evité pensar en el Chat GPT. Decidí no tener contacto ni mencionarlo. El silencio continuó. La pregunta que había escuchado me produjo incomodidad. Creo que adopté de forma inconsciente una estrategia defensiva al sentirme amenazada.
¿Por qué el Chat GPT se había convertido en una amenaza? Hoy al escribir mi experiencia creo que tenía miedo a ser reemplazada. Caí en la fantasía de un mundo lleno de robots y sin profesores.
La pregunta insistió y empecé a ir venir entre lecturas con el afán de toparme con alguna respuesta. Siempre que estoy inquieta leo. También paseo por mi casa descalza tocando el clarinete. Buscando encontré una frase en el libro «El maestro ignorante» de Jacques Rancière1:“… se puede enseñar lo que se ignora si se emancipa al alumno, es decir, si se lo obliga a usar su propia inteligencia”. Me calmó como si sintiera una bocanada de aire fresco.
¿Por qué digo que me calmó? Creo que volví a mí. Dejé de estar anestesiada. Pensé en mi propia inteligencia. ¿Cómo la uso?, ¿qué pongo de ella en juego en mis clases? Recordé tantos años estudiando que la inteligencia no es el cociente intelectual, tampoco una puntuación de un test. La inteligencia es esa capacidad que desarrollamos las personas para adaptarnos a las situaciones que vivimos. Esto fue revelador.
Evidentemente no sabía cómo incluirlo en mis clases y era momento que yo usara mi inteligencia para afrontar su inminente llegada. Tenía que pensar qué podía hacer y cómo. También animarme a dar un paso más y promover que los estudiantes usaran la suya cuando pensaran en la IA.
Algo había cambiado, algo se había movido. El miedo que me anestesiaba se quebró. Me armé un usuario y comencé sola a probar qué podía hacer con su ayuda. Todo era muy intuitivo. Bastaba con animarme: dar una orden y probar.
Al cabo de un mes ya sabía cómo hacer pedidos más precisos y tenía la aplicación en la computadora del trabajo y de casa. Seleccionaba las tareas que realizaba con su ayuda como si hiciera un zapping de prueba basado en el ensayo y error. Probé mejorar la redacción de mis correos electrónicos, traducir textos al inglés de forma rápida o buscar términos desconocidos como antes lo hacía con el diccionario Larousse.
Hoy me doy cuenta que durante semanas comencé a sustituir con el Chat algunas tareas que hacía todos los días. Sentía que las cosas eran más ágiles. Sin embargo, estaba latente la tentación de ponerme en “modo automático”. Cuando me di cuenta, me asusté. ¿Acaso podía pensar por mí? Volví a sentirme amenazada. Me resistía a que se adormeciera mi inteligencia y que me limitara solo a dar órdenes.
Mientras escribo pienso en los estudiantes y su relación con la IA. ¿Sentirán alguna amenaza o prevalecerá la sensación de fascinación? Busco la palabra “fascinación” en el diccionario y me asombro al encontrar que también significa engaño, hechizo o alucinación. ¡Qué mejores palabras para definir lo que sentía!
¿Cómo enfrentar entonces la fascinación que me provocó el Chat GPT? ¿Se tratará de “romper el hechizo” y de no dejarme engañar por su capacidad para resolver de forma automática?
Aspiramos como profesores a que una clase esté hecha de intercambios que nos sorprendan, de nuevas ideas y de sensaciones que nos atraviesen el cuerpo. De saberes que puedan resultar tan reveladores que nos ayuden a descubrir quiénes somos en este mundo. Enseñar y aprender no pueden reducirse a dar o recibir órdenes. No podemos sustituir las preguntas por los imperativos, ni considerar respuestas como verdades incuestionables.
Nada de esto puede el Chat.
Seguí leyendo por esos días a Rancière y me detuve en esta frase: “A la inteligencia que duerme en cada uno de nosotros, bastaría decirle: Age quod agis, sigue haciendo lo que haces, aprende y conócete tú misma, porque ese es el movimiento de la naturaleza (…) la misma inteligencia obra en cada uno de los actos del espíritu humano”.
Continuará…
Rancière, F. (2007). Maestro Ignorante: Cinco lecciones sobre la emancipación intelectual. Laertes. ↩︎
Hace menos de un año escuché por primera vez la palabra “Chat GPT” salir de la boca de una profesora en la universidad en la que enseño. Estábamos en la cafetería tomando algo con otros compañeros para cortar la mañana, cuando ella dijo de forma espontánea:
– ¿Vieron lo que hace el chat GPT?
– ¿Chat qué…? dijo otra.
– Algo escuché en una charla que dieron unos expertos sobre la inteligencia artificial (IA), pero no lo entendí bien, expresó uno de los profesores que se unió a la conversación.
– Chat G-P-T, aclaró diciéndolo en un tono más fuerte y pausado.
Al escuchar esto por segunda vez, focalicé mi atención en la primera palabra y por deducción pensé que iba a conversar con alguien. ¿Sería un espacio de encuentro?, ¿un lugar de reunión con otros? Unos segundos después, me detuve en las siglas GPT y me sentí totalmente perdida. Confieso que hice esfuerzos para vincular estas siglas con lo conocido, pero lo único que me vino a la mente fue G-P-S. Dos letras iguales y una muy diferente. Pensé que quizás estaba ante un buscador como cuando me subo al coche y necesito opciones para conducir segura y llegar de la mejor manera a destino.
Mis conjeturas duraron el tiempo que tardamos en terminar el café, subir las escaleras y volver a los despachos a trabajar. Como había cierta intriga en el aire, la profesora que mencionó al Chat GPT decidió mostrarnos qué era. Nos reunimos en su escritorio y unos minutos más tarde vi con mis propios ojos al mismísimo Chat GPT en la pantalla de su computadora. Ella daba órdenes y de forma casi instantánea recibía respuestas. No había sonido en esta escena más que el ruido de sus dedos deslizándose rápidamente por el teclado. Escribía y aparecía la respuesta, escribía y una vez más había una respuesta.
Recuerdo que pasamos casi una hora probando esta nueva herramienta. Se nos ocurrían hacer todo tipo de pedidos al Chat. Era como un delivery de órdenes disparatadas que nos surgían en el momento. Desde solicitarle textos relacionados a los temas que investigamos hasta ordenar referencias siguiendo las normas académicas. Escribíamos el pedido y en un parpadear ya había una respuesta en la pantalla.
Al principio sentí asombro y pensé cuánto tiempo dedicaba a tareas laborales que se llevan horas y horas de mi día. Quizás desde ahora podría resolverlas de forma más rápida. En un instante soñé con tener más tiempo libre si incluía a la IA en mi vida. Me imaginé haciendo caminatas por la tarde en lugar de corregir pilas de trabajos de los estudiantes, en dormir más en lugar de dedicar horas a preparar actividades de clase. Incluso pensé en escribir más artículos como investigadora entrando así en el bucle de la productividad. Ya no tendría que perder tiempo en buscar bibliografía, escribir y reescribir mis documentos, hacer traducciones a otros idiomas y tantas otras cosas que se me iban ocurriendo a medida que veía la rapidez con la que el Chat resolvía las tareas.
Esa mañana seguimos probando la IA. Creo que buscábamos forzar hasta dónde llegaba su capacidad de resolver las demandas que le hacíamos. Ver sus límites o quizás los nuestros.
Cuando nos cansamos de hacer búsquedas sobre temas profesionales, comenzamos con otros más banales. Jugar con el Chat GPT se convirtió en algo divertido: ¿cuáles son los mejores lugares turísticos de España que puedo visitar en otoño?, si tengo pescado, zanahorias y arroz, ¿qué recetas me sugieres para la cena de esta noche?, necesito ir a la Plaza Mayor en hora pico, ¿cómo hago para llegar sin estresarme?, quiero escribir un correo electrónico para mi jefe pidiendo más días de vacaciones, ¿qué debería tener en cuenta?
Todos pasamos del asombro a la risa porque no podíamos creer lo que estábamos viviendo, pero esto duró poco. Una profesora interrumpió la ronda de pedidos al Chat al decir:¿Qué vamos a hacer cuando los alumnos descubran esto?
Inmediatamente volvió el silencio. De la risa pasamos al susto y así al miedo. En pocos minutos cada uno volvió a su escritorio. Hubo una desconcentración rápida. A diferencia de lo que hace el Chat GPT todos nos quedamos sin respuesta inmediata, pensativos e incluso rendidos.