La quinta ola. La transformación digital del aprendizaje, de la educación y de la escuela de Mariano Fernández Enguita

¡Vengo con una nueva recomendación de lectura! Se trata de un libro que llegó a mis manos por un encargo en mi universidad para un nuevo proyecto. Lo fui leyendo de forma «salpicada» a lo largo del 2023, pero el verano pasado decidí llevarlo conmigo de vacaciones para leerlo completo.

¿Te pasa que te propones leer algo distinto durante las vacaciones, pero al final terminas con un libro sobre pedagogía? A mí me ocurre cada verano. A lo largo del año hago una lista de libros nuevos, los voy comprando con entusiasmo, pero al final elijo aquellos que me ayudan a pensar en mi trabajo. ¿Encontraré nuevas ideas para mis clases o para los espacios de formación con docentes?

La tentación me gana, y el verano pasado, mientras recorría Portugal, volví a leer «La quinta ola. La transformación del aprendizaje, de la educación y de la escuela» de Mariano Fernández Enguita. Es un libro reciente, publicado en 2023, que aborda temas muy actuales. Si estas comprometido con la enseñanza, considero que es una lectura indispensable para este tiempo.

Quienes estudiamos pedagogía hemos leído en alguna asignatura de la carrera a Mariano Fernández Enguita. Personalmente he trabajado como docente sus textos y sigo sus libros y publicaciones porque tiene una manera de analizar la escuela, y en particular el aprendizaje, que invita a la reflexión sin perder de vista la realidad educativa. En los últimos años, ha publicado libros que resultan de gran ayuda para quienes estamos interesados en la innovación educativa: La educación en la encrucijada (2016), Más escuela y menos aula. La innovación educativa en un cambio de época (2018), y La organización escolar. Representando la caja negra para poder salir de ella (2020), entre otros.

Si querés conocer más sobre el autor, sus textos, su trabajo como catedrático emérito en la Universidad Complutense de Madrid, o los proyectos que coordina, te recomiendo visitar su sitio web: https://sites.google.com/view/mfenguita. En especial, te sugiero explorar su blog «Cuaderno de campo» , donde comparte artículos o reflexiones que suelo recuperar para debatir en mis clases.

Pero vayamos a su último libro, el que quiero presentarte hoy: «La quinta ola. La transformación del aprendizaje, de la educación y de la escuela». Mi intención es contarte qué me gustó, por qué lo considero una lectura interesante y cómo puede ayudarnos a pensar. El libro está compuesto por 8 capítulos, llenos de referencias a autores e investigaciones que sostienen cada una de las ideas que expone. Además, el libro tiene como cierre un epílogo que analiza cómo aparece en la escena educativa el «gran charlatán», como el autor denomina al ChatGPT.

Para empezar es importante que sepas que el autor utiliza la metáfora de las «olas» para explicar los ciclos de transformación. Destaca que esta imagen ha sido empleada en campos como la historia, la economía y la innovación tecnológica, y se presenta como una poderosa herramienta para reflexionar sobre qué impulsa el cambio y cómo respondemos ante él. ¿Nos sorprende el cambio, como un tsunami que deja consecuencias devastadoras? O, por el contrario, ¿los cambios (en plural) son movimientos ondulatorios esperados en ciertos entornos, que varían en tamaño y fuerza según la dirección del viento? Como docentes, ¿estamos dispuestos a surfear estas olas, o preferimos observarlas desde la orilla, temiendo ser arrastrados por ellas?

El enfoque principal del libro es la quinta ola, es decir, la transformación digital que estamos atravesando en la actualidad. Sin embargo, para comprender esta ola, Mariano analiza cuatro grandes transformaciones que ya atravesaron a la educación. La primera ola, remite al surgimiento del lenguaje, sin el cual la educación no sería posible; la segunda ola, la escritura y con ella, las escuelas; la tercera ola, la imprenta, que inspiró el sistema escolar y permitió la escolarización masiva y universal; y la cuarta ola, la expansión de los medios electrónicos audiovisuales y la progresiva universalización de la educación. Estas transformaciones, según el autor, nos sitúan ahora ante una quinta ola, que afecta todos los ámbitos de la sociedad, la economía y la cultura, incluida la educación y que se está desarrollando con más rapidez y profundidad que las anteriores, aunque a ritmos distintos en cada subsistema e institución social.

Utilizando la metáfora de la ola, el autor invita a los lectores a reflexionar sobre la configuración de la educación en general, y de la escuela en particular, con el fin de analizar qué aspectos son necesarios en ella y cuáles son contingentes. En relación a esto último propone pensar el cambio con la intención de identificarlo (¿cuáles son los hoy cambios que atraviesan a la educación?), comprender su dinámica (¿cómo se presentan o llegan a nosotros?) y orientarlo en la mejor dirección posible (¿qué hacemos con ello para enseñar y aprender mejor?). Como disparador de la reflexión, a lo largo del libro hace referencia a la importancia que ha tenido el término «híbrido» (y sus derivados escuela híbrida, educación híbrida, enseñanza híbrida, etc…) a partir de la pandemia considerando que nos permite la coexistencia de esa tensión entre lo conocido y lo que aparece como nuevo.

Te cuento, sin hacer demasiados spoilers, de qué trata cada capítulo. Así, cuando termines de leer este post, no solo vas a quedar con algunas ideas para reflexionar y debatir, sino que seguramente vas a querer comprar el libro.

¡Arranco! Los tres primeros capítulos plantean una revisión de las transformaciones en la comunicación y la educación. El capítulo 1 se focaliza en las tres primeras olas. El autor explica cómo los grandes cambios en la educación han venido de la mano de cambios en la información y la comunicación e incluso los han reforzado. Al respecto dice «La educación implica comunicación, desde la más elemental a las más compleja, directa o mediada, simbólica o no, y, por lo tanto se ve condiciona, potencia o alterada por ella» (p. 17). Bajo esta premisa, Mariano analiza el impacto del surgimiento del lenguaje y la forma en la que este ha modificado la conducta a partir de la experiencia (primera ola). También se detiene en la relevancia de la escritura. Plantea un recorrido histórico para comprender la evolución de la escritura, sus fines políticos, religiosos y literarios y el camino para reconocerla como una práctica de prestigio y distinción que da sentido a la alfabetización en la escuela (segunda ola). Finalmente, analiza el impacto de la imprenta en los procesos de escolarización. Reconoce que esta invención actuó de columna vertebral para avanzar en la formalización y normalización de la organización escolar que conocemos hasta nuestros días (tercera ola). Este capítulo te deja con ganas de más porque el autor anticipa la importancia de la cuarta ola pero no avanza en ella.

Así que tenes que seguir leyendo porque el capítulo 2 se detiene en la cuarta ola y analiza los desencuentros entre la creación de medios audiovisuales electrónicos (empezando desde el fonógrafo, el cine, la radio, la tv, hoy las series y youtube) y la generalización de la enseñanza secundaria (con sus múltiples dificultades y desigualdades ya conocidas: repitencia, abandono, sobreedad, etc.) que concluyen con un divorcio que hace tiempo tiene sentencia firme. Aquí el autor encuentra la raíz de algunos problemas que aún hoy tenemos en las escuelas y son objeto de debate en el campo político y también al interior de las instituciones. Un desaire entre el mundo de la información y la comunicación y el mundo educativo que genera rivalidades pero que comparten un mismo público, que en un mundo es objeto de seducción ante tanta volatilidad y, en el otro, se encuentra cautivo entre tizas, pizarrones y bancos.

Con la lectura necesaria de estos dos primeros capítulos, efectivamente se puede analizar la quinta ola. El capítulo 3 aborda esta última ola que remite a la transformación digital en el marco de un cambio de época (retomando a Manuel Castells) donde los cambios son cada vez más rápidos, profundos e inciertos. Mariano analiza los matices (no tan sutiles) entre digitización (pasar algo a digital), digitalización (transponer lo analógico -información de texto, voz, o imagen – a digital en el marco de un proceso) y transformación digital (hacer de forma más eficaz o eficiente lo que ya se venía haciendo o mejor dicho hacer un despliegue estratégico de las nuevas capacidades aportadas por las tecnologías) para pensar el impacto que tienen en la educación y la revolución que generan al permitir aprender (no sólo en la escuela) en cualquier momento y en cualquier lugar. ¡Este es el kit de la cuestión, el meollo del cambio!

El capítulo 4 es mi preferido. Se titula «La tríada digital: dispositivo, software y conectividad» y remite a pensar el artilugio digital formado por el dispositivo, el software y la conectividad que logra hibridizar las formas de enseñar. El autor utiliza así el término «metamedio» para dar cuenta de una remezcla profunda de medios, contenidos, técnicas, métodos de trabajo y formas de representación que conectan la información, la comunicación y la educación y cuya configuración varía dependiendo de la persona y de las circunstancias, de las posibilidades y las necesidades.

Ya pasamos página a más de la mitad del libro y llegamos al capítulo 5. Se aborda el pasaje del libro del texto, al texto y al hipertexto. Mariano reconstruye los aportes que hicieron tres personas como Vannevar Bush (1945), Ted Nelson (1960-65) y Douglas Engerlbart (1968) en distintos momentos del s. XX para que hoy podamos acceder a información contenida desde distintos ordenadores repartidos en todos el mundo a ritmo de un click. En este capítulo el autor analiza ejemplos como la creación de Encarta o Wikipedia y pone en tensión la relación entre su uso (frecuencia, facilidad) y su coste (precio, espacio, manejo).También reflexiona sobre cómo este movimiento de enlaces de información afecta al ámbito de la investigación y el estudio.

A mi criterio, el capítulo 6 profundiza lo planteado en el capítulo anterior y avanza con un análisis que nos vuelve a situar en el contexto escolar: ¿qué sucede con el hipertexto en el marco del curriculum escolar con su contenido heterónomo, fijo, cerrado y lineal? El autor plantea la disrupción del hipertexto teniendo en cuenta que con este «… (y su infraestructura, el artilugio), cada alumno puede buscar distintas expresiones y representaciones de lo mismo» (p. 101) y añade la riqueza que aportan los hipermedia (capacidad para vincular texto, voz, gráficos, imagen fija, vídeos, etc), los hiperdatos (capacidad de manejo de la información a partir de su agrupamiento bajo distintas combinaciones, examinados con distintas métricas, presentados en diferentes visualizaciones y manipulados de forma interactiva para explorar hipotéticas relaciones) y la hiperrrealidad (capacidad de crear representaciones y simulaciones que se aproximan cada vez más a la realidad o incluso que son más y mejor observables que la realidad misma -ej: second life, google earth, juegos como pokemon go). Más allá de los términos y las formas de nombrar lo que nos aportan las tecnologías, este capítulo resulta necesario para comprender cómo los cambios en la información y comunicación ya impregnaron nuestra vida cotidiana, ¿pero en la escuela? Frente a la tensión respecto de la calidad pedagógica y el coste tecnológico, el autor cierra con una reflexión prometedora: «Estas tecnologías deben encontrar su lugar en la escuela a medida que puedan proporciona es mejores experiencias, actividades y trayectorias de aprendizaje por su mayor idoneidad sensorial o multisensorial, cuando el aprendizaje resulte excesivamente oneroso o peligroso por otros medios o cuando, sencillamente no sea posible en la realidad física» (p. 117).

Vamos palpitando el final al encontrarnos con el capítulo 7. Allí aparece la pregunta respecto de cómo estos cambios acompañan al aprendizaje en la escuela, en la materialidad del aula y la actividad de los docentes. A lo largo del capítulo, Mariano vuelve a la idea de «aula-huevera», ya presente en otros de sus libros, para pensar en los límites de la organización del espacio escolar, en el marco de una arquitectura institucional que determina un cómo aprender (sobre este tema volveré en otro post porque me interesa mucho!!!). Como contraste analiza las posibilidades que tenemos de diferenciar, diversificar, individualizar y personalizar el aprendizaje con las tecnologías y de innovar creando hiperaulas (la capacidad de crear y flexibilizar espacios y tiempos de aprendizaje que sean móviles, movibles, amplias, navegables, diversas, variables, susceptibles de usos distintos: reconfigurables) y nos recuerda (una vez más) que «… el alumno, en general como cualquier persona, tiene acceso a información inagotable y un sin fin de recursos formativos en el tiempo de ocio o de trabajo, en el hogar o en movilidad, en suma, fuera de la escuela (….) el aprendizaje necesario y deliberado no termina con la escuela, y menos con la enseñanza reglada u obligatoria, sino que se verá reclamado una y otra vez por cambios de y en el empleo adulto y por transformaciones sociales y culturales importantes en el largo recorrido de unos ciclos vital y laboral cada día más extensos» (p.124-125). Estoy segura de que, si como docente tu tarea incluye crear aulas virtuales, después de leer este capítulo vas a tener nuevas ideas para reflexionar sobre la intencionalidad pedagógica y comunicativa que deseas que tenga ese espacio de aprendizaje.

El capítulo 8 es una invitación a pensarnos como docentes. El título ya lo anticipa: aumentar la inteligencia de la profesión. El autor hace foco en las consecuencias que la transformación digital tiene en la enseñanza en tiempos de competencias digitales y retos didácticos que demandan a los docentes abrir las puertas del aula, trabajar con otros y fortalecer la colaboración. ¿Cómo nos afectan los cambios?, ¿hay efectos diferenciales entre los docentes que ya tienen trayectoria y un camino recorrido en la docencia y las nuevas generaciones que recién empiezan a dar sus primeros pasos en la profesión? El autor plantea algunas respuestas, pero llega a una conclusión: «lo único constante es ya el cambio» (p. 152). Eso implica otorgar una relevancia cada vez mayor a la formación continua, la formación por cuenta propia, al aprendizaje individual y colaborativo sobre el terreno, o sea, a la activación de todos los mecanismos de desarrollo profesional docente.

Las últimas páginas de este capítulo ya nos ponen en el tema del epílogo de este libro al que el autor se vió «forzado» de escribir con la salida pública de la IA y, especialmente del Chat GPT, una inteligencia artificial conversacional (IAC) que puede mantener un hilo continuado de una conversación (hasta cierto punto como lo haría un ser humano) mostrando un salto en la aproximación al lenguaje natural en su comprensión (de las solicitudes que hacemos a través de los prompts), consideración (memoria de lo precedente) y uso (del lenguaje o código que el robot utiliza). Como ya te había anticipado, llama al Chat GPT «el gran charlatán» y se pregunta por las advertencias apocalípticas que se activan en la escuela con la OpenIA siendo los docentes sujeto y objeto de alarma. Entre los interrogantes que deja planteados (porque aún estamos en proceso de conocer, debate y encontrar respuestas desde la propia experiencia), Mariano se pregunta: ¿será la IA una ayuda para el aprendizaje o, por el contrario, lo mermará su uso como apoyo o sustitución?, ¿lo prohibirán, lo tolerarán o lo incorporarán a la enseñanza los profesores y los centros? Mientras empezamos a construir algunas respuestas, el autor termina este libro recordándonos algo que no debemos olvidar: «Sea con androides materiales o con aplicaciones meramente virtuales, en acciones y operaciones unilaterales o interactivas, para lecciones colectivas o para tutorización individual, la confluencia o colaboración entre hombre y máquina irán sin duda en aumento pero no será una colaboración simétrica (…) Tendremos en el aula, pues inteligencia artificial, sí, pero sobre todo tendremos inteligencia aumentada, la del profesor gracias a la del algoritmo» (p. 173).

La quinta ola es un libro imprescindible si te interesa comprender cómo enfrentar los cambios del mundo de la comunicación y la información que impactan en la educación. A través de sus páginas, descubrirás cómo atravesamos las olas anteriores, cómo podemos surfear esta quinta ola y cómo podemos prepararnos para las que vendrán, si decidimos salir de la orilla y empezar a mojarnos con los cambios.

Si queres conseguir el libro, podes comprarlo en la editorial Morata en formato papel pero también como e-book: https://edmorata.es/producto/la-quinta-ola-la-transformacion-digital-del-aprendizaje-de-la-educacion-y-de-la-escuela/ También podes acceder a la introducción y un anticipo del capítulo 1 https://edmorata.es/wp-content/uploads/2023/04/FDEZ-ENGUITA.-La-Quinta-Ola_prw.pdf

Mariano hace casi un año dio una conferencia presentando este libro que recomiendo (mucho mucho) escucharla. Se llama «Transformar la educación, desencadenar el aprendizaje: La Quinta Ola»

Espero que esta propuesta de lectura te haya resultado interesante. Si deseas compartir tus impresiones sobre el libro o sobre este post, no dudes en dejarme un comentario. Estaré encantada de leerte y empezar a conversar.

Una conexión para pensar la cercanía en las relaciones de asesoramiento

Este mes tuve mi bluetooth pedagógico muy activo e invité a conectarse conmigo a una persona que ha marcado mi vida profesional. Presentarla no es tarea sencilla, porque su influencia orientó la forma en que me concibo y vivo el asesoramiento pedagógico.

Quizás ella no lo sepa, pero fue la primera persona que me introdujo en el mundo del asesoramiento mientras era una estudiante en la Universidad de Buenos Aires. Su experiencia profesional, su experticia académica y su calidad humana me han motivado a construir espacios de acompañamiento a docentes y equipos directivos con ternura y sensibilidad, pero también con una aguda inteligencia para pensar el análisis institucional.

Recuerdo claramente el primer día que la vi en aquella aula de la Facultad de Filosofía y Letras. Bastaron unos minutos para darme cuenta de que Sandra Nicastro no era una profe más, ni una asignatura a aprobar en el intento de terminar pronto la carrera. Ese día estaba frente a una docente verdaderamente apasionada que acompañaría mi proceso de crecimiento profesional y personal a lo largo de los años.

Su manera de expresarse, de entrelazar autores, de retomar lo que los/as otros/as dicen, de leer la realidad y animar a quien la escucha a salir del sentido común, de lo previsible para hacerse preguntas atrevidas y osadas, son marcas que la distinguen como una “maestra” excepcional para mí.

Leer sus libros, asistir a sus conferencias y seguir sus investigaciones y proyectos que siempre la tienen en contacto con colegas en distintas escuelas a lo largo y lo ancho del país representaron formas de estar cerca de ella a lo largo del tiempo.

Por suerte o bien por un deseo profundo de seguir aprendiendo de y con ella, en los últimos años nos hemos encontrado en distintos proyectos y aventuras pedagógicas que sabíamos dónde empezaban, pero no en qué podían terminar. Como no podía ser de otra manera, en todas estas oportunidades he salido enriquecida, llena de nuevos saberes y de amistades con colegas que también comparten el interés por abrir espacios de escucha, acompañamiento y aprendizaje. Confieso que cada una de estas experiencias ha fortalecido mi convicción política y pedagógica de que el asesoramiento es una práctica que me mantiene cerca de la escuela, funcionando como ligazón y enlace, desde hace más de quince años.

Si te dedicas al asesoramiento, hay libros de ella que no te podes perder. Su manera de escribir es una invitación a reflexionar, a hacer replanteos sobre lo que somos, pensamos y deseamos, a habilitar preguntas (muchas veces incómodas), a pensar en hipótesis de trabajo y a volver la mirada a los problemas que tiene la escuela construyendo acuerdos aún en las disidencias.

Lo que más la distingue para mí, sin duda, es su forma de decir las cosas. Cuando habla, es tan provocadora como ingeniosa. Sus ejemplos siempre traen consigo las voces de quienes trabajan a diario en la escuela, dejando claro que sabe de lo que habla cuando busca ayudar a otros a reflexionar sobre lo que hacen.

Estoy convencida de que es una de las personas «imprescindibles» en el ámbito educativo, porque nos invita constantemente a renovar el sentido de nuestra tarea aportando inteligibilidad a la acción e intervención pedagógica. Tiene la habilidad de hacernos pensar en lo que ella llama «esa extraña alquimia entre juicio y pasión pedagógica», desafiándonos a seguir educando en el equilibrio entre lo viejo y lo nuevo, lo conocido y lo desconocido, lo deseable y lo posible.

En los últimos meses dio una conferencia titulada «La intervención institucional en el trabajo de los pedagogos/as: interpelando sentidos» invitada por la Universidad Nacional de Tucumán que te recomiendo escuchar y con mucha atención.

Siempre ha tenido el coraje de lanzarse a lo nuevo, y ese es otro aspecto que admiro profundamente de ella. «Probemos, hagamos, ensayemos», me suele decir cuando encaramos algo juntas. Afortunadamente, decidió activar su bluetooth pedagógico y aceptó con entusiasmo la invitación a reflexionar sobre la cercanía en las relaciones que construimos al enseñar y al asesorar. Este es un tema que me apasiona y en el que vengo trabajando tanto como asesora e investigadora.

Si este tema también te interesa te invito a leer el capítulo «Los unos y los otros» en su libro Revisitar la mirada sobre la escuela. Exploraciones sobre lo ya sabido1. Allí propone pensar en las relaciones pedagógicas y los efectos que provoca estar con otros/as en la escuela. Ella analiza las relaciones como un retorno sobre sí que requiere tres condiciones: lugar, tiempo y relación con la realidad. Al respecto dice «… volver a mirar la relación pedagógica no tendrá que ver sólo con atender a cada uno de los polo dos de esa relación, o los sistemas que se ponen en juego entre ambos, sino también a cada uno en un ejercicio de retorno, entendiendo a la relación como un espacio de encuentro en el cual la mayor semejanza está en que ambos son diferentes, por lo tanto, lo común se constituye en el hecho de que hay características que no son comunes entre ellos» (p. 114).

A lo largo de las páginas de este capítulo, Sandra ofrece algunas orientaciones para develar aspectos de las relaciones que construimos trabajando en la escuela y que muchas veces quedan ocultos. A continuación, te comparto algunas de sus reflexiones que me han ayudado a pensar en la cercanía entre docentes y estudiantes, así como entre asesores/as y directores/as-docentes. Hacer espacio para las relaciones pedagógicas implica:

  • Trabajar en las condiciones habilitadoras/mediadoras que requiere crear y hacer lugar para aprender.
  • La aparición de diferentes grados de compromiso emocional, de «envoltura» personal con la tarea que tenemos por delante y con el/la otro/a que está frente a nosotros/as.
  • Tomar distancia de dinámicas relacionales que se organizan alrededor de la idea heroica de salvar al otro/a. El primer umbral de la relación es el conocimiento mutuo.
  • La alerta frente al lugar de la utopía como ilusión grupal. Toda relación se configura en torno a la convivencia del pasado, del presente y del porvenir.
  • El cuidado ante el silenciamiento, la intolerancia, el desprecio, la sobremanipulación, el malentendido y las dinámicas de encerrona que nos hacen preguntarnos acerca de aquello qué opera como marco contener de las relaciones.
  • El lugar de las palabras, las condiciones de enunciación, la escucha arriesgada y el diálogo para garantizar el entendimiento, la conexión emocional y la circulación de sentidos.
  • El valor de la confianza como condición para que el encuentro sea posible. No se trata de entender la confianza como un atributo personal sino como el resultado de una relación.

A lo largo de este capítulo trae referencias de Arendt, Meirieu, Kaes, Ferry, Ulloa, Camus y otros autores que amplían la comprensión de sus ideas y que nos animan a volver a mirar las relaciones pedagógicas que se construyen al enseñar, al aprender y, por supuesto, al asesorar.

Si te interesa profundizar en lo que ella comparte en este capítulo que menciono en este post o si te gustaría intercambiar ideas sobre el valor de las relaciones en el asesoramiento, déjame un comentario.

  1. Nicastro, S. (2011). Revisitar la mirada sobre la escuela. Exploraciones sobre lo ya sabido. HomoSapiens Ediciones. ↩︎

Tiempo de transiciones y cambios: acompañar el ingreso a la Universidad

Quienes trabajamos en la universidad y hemos tenido experiencia también en las escuelas secundarias sabemos que las transiciones entre niveles educativos no son fáciles. Los cambios que enfrentan los estudiantes no se limitan a lo académico, sino que abarcan aspectos sociales y personales, integrándose al proceso de crecimiento subjetivo de cada uno. Estas transiciones son momentos claves en la vida de los jóvenes, donde se mezclan expectativas, incertidumbres y la necesidad de adaptación a un nuevo entorno de aprendizaje.

En las últimas décadas, términos como acceso, abandono, deserción y retención han cobrado relevancia en las investigaciones desarrolladas por instituciones universitarias y diversas agencias de investigación, tanto nacionales como internacionales. Estos estudios (Pierella, 2011; Carli, 2014; Celman, 2015; De Gatica, 2019) han puesto en el centro del debate la cuestión del ingreso a la universidad, destacando la complejidad del fenómeno y su impacto a largo plazo.

Asegurar el acceso no es simplemente permitir que los estudiantes se inscriban y comiencen sus estudios. Pensar el ingreso demanda una reflexión profunda sobre cómo las instituciones universitarias pueden acompañar la experiencia académica durante los primeros años. Este acompañamiento va más allá del concepto de inclusión como oportunidad: requiere un compromiso institucional y pedagógico real para brindar un apoyo efectivo desde el momento de comienza la vida universitaria.

Existen numerosas propuestas para acompañar este proceso, pero en este post quiero compartir una experiencia particular que viví como profesora este curso académico. A los estudiantes que ingresaron a la carrera de Psicología en la universidad donde trabajo, les propusimos un inicio diferente: caminar juntos durante cinco días por el recorrido portugués del Camino de Santiago de Compostela. Una experiencia única que invitó a los estudiantes a reflexionar sobre su ingreso universitario de una manera personal y colectiva, promoviendo la construcción de vínculos y del sentido de pertenencia.

Te imaginarás que caminamos, y mucho. Pero más allá del recorrido físico, quiero compartir algunas reflexiones como pedagoga sobre lo que aprendí de este viaje. El caminar se transformó en una metáfora potente de lo que significa acompañar a los estudiantes en su tránsito por la universidad, entendiendo que cada paso, cada conversación y cada descanso tiene un valor educativo profundo.

Cinco aprendizajes sobre el acompañamiento pedagógico en la transición universitaria:

El ritmo personal es clave: al caminar, cada estudiante tenía su propio ritmo. Algunos avanzaban más rápido, otros más despacio; algunos cambiaban de compañeros cada día, mientras otros construían y fortalecían su pequeño grupo a lo largo de las etapas. Incluso había momentos en que optaban por caminar en soledad. Este simple hecho me recordó la importancia de respetar los tiempos individuales de aprendizaje en el aula. No todos aprenden al mismo ritmo, y como docentes, debemos ser flexibles y pacientes, ofreciendo apoyo cuando sea necesario y dando espacio cuando los estudiantes lo necesiten.

El viaje es tan importante como el destino: a lo largo del Camino, comprendí que la experiencia no se limitaba a llegar a la meta, sino que el verdadero valor residía en lo que íbamos descubriendo durante el trayecto. Cada día nos encontrábamos con lugares hasta entonces desconocidos y personas cuyas historias, aunque muy diversas, se entrelazaban con las nuestras al compartir el mismo recorrido. Este constante descubrimiento me llevó a reflexionar sobre la importancia de priorizar el proceso de aprendizaje en lugar de centrarnos únicamente en los resultados finales. Aprender es un viaje continuo, lleno de pequeños logros diarios que, aunque a menudo pasen desapercibidos, son tan significativos como el objetivo final. Cada paso, por más pequeño que sea, contribuye a un crecimiento sostenido y profundo.

El poder de la conversación: las largas caminatas, e incluso las pausas donde descansábamos y disfrutábamos de comer juntos para recuperar fuerzas y seguir, propiciaron conversaciones profundas, tanto entre los estudiantes como entre los profesores que acompañamos este viaje. Estas interacciones espontáneas revelaron mucho sobre las inquietudes, expectativas y temores de cada uno en relación a la universidad, desde los distintos roles que ocupamos. Como vengo investigando desde hace tiempo, construir cercanía requiere una comunicación abierta y una escucha atenta, basada en la confianza. Este tipo de interacción nos permite conocernos mejor y ofrecer un acompañamiento genuino, ajustado a las necesidades particulares de cada persona. Una vez más, comprobé que generar espacios de diálogo es esencial para fortalecer las relaciones y construir un verdadero sentido de comunidad.

El apoyo colectivo fortalece: a lo largo del recorrido, hubo momentos en que el cansancio o las dificultades físicas comenzaron a afectarnos a unos y otros, pero siempre aparecía alguien dispuesto a ayudar: una pausa compartida, una crema para aliviar el dolor, una palabra de aliento. Esa solidaridad me recordó el inmenso valor del trabajo en equipo y del aprendizaje colaborativo. Cuando tanto los estudiantes como los profesores sienten que no están solos en su camino, que cuentan con el apoyo de sus compañeros y docentes, su confianza y motivación se fortalecen.

El autoconocimiento como base del aprendizaje: caminar no solo permitió a los estudiantes conocerse entre sí, sino también profundizar en el conocimiento de sí mismos. Estoy convencida de que todos nos llevamos valiosos aprendizajes de esta experiencia, incluyéndome a mí. El ritmo de cada caminata, sumado a las conversaciones compartidas, promovió una introspección profunda que me llevó a reflexionar sobre mi propio recorrido como profesora. Este tiempo de reflexión me brindó la oportunidad de pensar cómo quiero avanzar en este nuevo curso en mi carrera docente y renovando mi compromiso con el acompañamiento de los estudiantes en su tránsito por la universidad.

Si llegaste hasta acá habrás notado que este viaje no solo fue una experiencia física, sino también un camino simbólico hacia una mayor comprensión de mi rol como profesora. El contacto cercano con los estudiantes, el valor del trabajo en equipo, las conversaciones profundas y la introspección personal que surgieron a lo largo del Camino de Santiago me recordaron que acompañar a los estudiantes en su transición universitaria implica caminar junto a ellos, escuchar sus inquietudes, apoyarlos en los momentos difíciles y estar presente para guiar sus primeros pasos en este nuevo trayecto. ¡Estoy lista para volver al aula y crear en cada una de mis clases un espacio en el que cada estudiante sienta que no camina solo!

Si te gustó este post y queres dejar tu opinión, te invito a escribir en comentarios así te leo.

Carli, S. (2014). Algunos aportes para pensar los primeros años de la formación universitaria desde la perspectiva de los estudiantes. Revista Política Universitaria. Fortalecimiento de la docencia y democratización de la universidad, 1(1), 15-19.

Celman, S. (2015). Ingreso a la Universidad. Notas para un encuadre. En M.A. Benvegnú (Comp.), Ingreso universitario, políticas y estrategias para la inclusión: nuevas complejidades, nuevas respuestas (s/p). EdUNlu.

De Gatica, A., Bort, L., Romero, M. M., & de Gatica, N. P. (2019). La Formación en el Ingreso a la Universidad. Revista Educación, Política Y Sociedad4(2), 54–75.

Pierella, M. (2011). El ingreso a la Universidad como experiencia subjetiva y cultural en estudiantes de la Universidad Nacional de Rosario. Revista Argentina de Educación Superior (RAES), 3(3), 26-48

FRAGILIDADES EN TIEMPOS DE ÓRDENES Y RESPUESTAS AUTOMATIZADAS. Episodio 5.

Pienso, luego pregunto al Chat GPT.

Sorprendida por la palabra “amiga”, le pedí que me contara desde cuándo llamaba a la inteligencia artificial así. La estudiante compartió la soledad que sentía al aprender, la vergüenza que sentía de no saber hacer lo que se le pedía estando en el último año de carrera, la frustración que sentía al recibir escritos llenos de correcciones por parte de su tutor. Así se acumulaban más y más sentires… El Chat GPT le ofrecía un aparente espacio de seguridad. Escondía sus fragilidades y anestesiaba en soledad su sentir y, por lo tanto, su pensar.

Observaba atentamente su rostro enrojecido. Sus gestos acompañaban la inflexión del tono de voz. Los ojos estaban llorosos. Los labios secos. Volvimos a conversar sobre su paso por la carrera, de aquello que la apasionaba e incluso de los obstáculos que había afrontado con valentía durante los últimos años.

La conversación giró alrededor de los propios límites, los temores, los refugios pasajeros, el impacto de las caídas y las sensaciones de vacío.

Sin embargo, yo sentía la necesidad de volver a la palabra “amiga”. ¿Por qué llamar así al Chat GPT? Si los amigos son aquellos que aprenden junto a nosotros o, mejor todavía, los que viven aventuras a nuestro lado, ¿qué relación posible podía existir entre una humana y la inteligencia artificial?

Confieso que quedé atrapada por esta idea. Vino a mi mente el cuento de Liliana Bodoc “Amigos por el viento”. Lo escuché muchas veces en la voz de Alejandro Apo[1] al punto que hay fragmentos que me los sé de memoria. Miraba a la estudiante y repetía dentro mío: “A veces, la vida se comporta como el viento: desordena y arrasa. Algo susurra, pero no se Ie entiende. A su paso todo peligra; hasta aquello que tiene raíces. Los edificios, por ejemplo. O las costumbres cotidianas”

Tomando prestadas las palabras de Bodoc le pregunté:

¿Será que el Chat GPT, como un viento, llegó de repente y se metió en todos lados?

¿Creés que estamos en peligro?

Juntas fuimos encontrando algunas respuestas que confirmaban la presencia de la IA en nuestras tareas cotidianas. Le conté mi experiencia con el Chat GPT y lo que me había movilizado encontrarme con su trabajo. Resultó una confesión. Eso ayudó a que ella me contara, sin quejas ni reproches, cómo llegó a sustituir la ayuda de un profesor por la IA. “Hacer como si” el trabajo lo hubiera realizado ella, “hacer como si” nadie pudiera advertir la existencia del chat en su texto, “hacer como si” nada pasara en la defensa. Sin embargo, juntas advertimos que todos esos “como si” no habían hecho más que poner en evidencia lo que “no” había pasado: aprender de sus errores y usar su inteligencia.

Reconocimos que, a todos de algún modo, el Chat GPT nos tenía anestesiados y que las consecuencias eran variadas. Desde sentirse aliviado al resolver con más agilidad distintas actividades hasta caer a sus pies anulando toda posibilidad de reflexión sobre el efecto de su uso desmedido. Ella asumió que había permitido que la IA sustituyera responsabilidades que le eran propias. Yo, más vieja, desconfiada y tememora, estaba dejando que entrara de a poquito.

Esa tarde hablamos del sentido que tiene acompañar procesos. De la paciencia, de la sensibilidad, de las expectativas que requiere ser profesor y también alumno. Conversamos sobre los distintos modos de estar presente. Algunos tan imperfectos y artificiales, otros tan potenciadores que queremos mantenerlos en nuestras vidas.

Nos preguntamos ¿qué hacer con aquello que nos resulta difícil?, ¿cómo aprender de lo inapropiado y de lo imprevisto?, ¿de qué manera mutar nuestras fisuras y desmoronamientos en un saber transformador?, ¿cómo ayudar-nos a usar nuestra inteligencia humana e imperfecta para sentir y pedir ayuda cuando las cosas no nos salen?

Yo sentí que el tiempo se había detenido. Era tarde y la universidad estaba desierta. Nuestra conversación debía llegar a su fin, al menos ese día. Mientras ordenábamos el aula y cada una guardaba sus cosas, la estudiante dijo:

Profe, ya sé que tengo que rehacer mi trabajo.

La mire afirmando lo que era obvio. Inmediatamente ella dijo:

¿Querés ser mi tutora?

Si, afirmé moviendo mi cabeza y sin dudarlo dije: “Recordá que yo soy humana. Primero pienso y luego pregunto al Chat GPT”.

Nos miramos y sonreímos. Apagamos las luces del aula y bajamos las escaleras hasta llegar al hall del edificio central. Nos saludamos y volví a mi despacho. Ya no había nadie allí para compartir lo que había pasado. En mi escritorio seguía el libro de Rancière y había un papel que sobresalía. Abrí para doblarlo y me topé con otra frase que había resaltado unos días atrás: “… enseñar es dar, no la llave del saber, sino la conciencia de lo que una inteligencia es capaz: darse órdenes a sí mismo”.


[1] Alejandro Apo (2022) lee el cuento «Los amigos por el viento» de Liliana Bodoc (2008). Escuchalo acá: https://www.pagina12.com.ar/491228-apo-lee-los-amigos-del-viento-de-liliana-bodoc

FRAGILIDADES EN TIEMPOS DE ÓRDENES Y RESPUESTAS AUTOMATIZADAS. Episodio 4.

Estaba convencida de que la presencia del chat GPT en el trabajo de la estudiante era una oportunidad para pensar. Lo sabía, lo sentía. La situación me trajo a la memoria un fragmento de Santos Guerra. En el libro “Textos para el desaliento educativo1 focaliza en la figura de los infractores. Cuenta que muchas personas que han infringido las normas han hecho avanzar la historia. Y si bien el infractor es molesto porque cuestiona el orden establecido, también genera interrogantes y provoca reflexión. ¿Podré tomar entonces esta situación como una infracción que interrumpe un camino prefijado, que abre nuevas preguntas y que lleva a pensar lo no pensado aún?  Decidí afrontarla como un desafío y no quedar encerrada en un círculo de juicio moral.  

Tenía una oportunidad para conversar con la alumna. Quedaba la instancia de defensa oral del trabajo. Desorientada y perdida, pero motivada por la situación me propuse pensar cómo organizar el encuentro con esta estudiante. Me resisto a limitar la exposición de un trabajo a un trámite pedagógico. Me niego a convertirla en una defensa que pone al otro frente al paredón para demostrar cuánto sabe. Evaluar no es una cacería de brujas para exponer lo que no se aprendió. 

No podía y no quería mostrarme indiferente. Estuve varios días pensando en esto. Necesitaba aclararme. Volver a mi biblioteca y releer algunos libros. Caminé mucho. Comenté la situación con un colega en la universidad. Hice un llamado a otro que estaba lejos. Resonaba en mí las palabras de Jean-Luc Nancy: “… quizás haya que empezar por sentir de nuevo: siempre se trata de eso, de que el sentido, el sentido del mundo, el sentido del que estamos a cargo, que nos preocupa y nos inquieta, pide de nuevo lo sensible. Cuidar la frágil piel del mundo pasa, pues, por cultivar la propia sensibilidad y recobrar el presente”. Solo dejándome atravesar y afectar por esta situación, es decir, dando lugar a mi propia sensibilidad, podía ir al encuentro con la estudiante.

Llegó el día. La exposición del trabajo duró quince minutos. Ella parada al lado del pizarrón y yo sentada en un banco. El momento comenzó siendo tenso o al menos lo recuerdo así. Yo estaba nerviosa. Respiraba fuerte, exhalaba profundo. Al terminar le hice dos preguntas acerca de la metodología utilizada. Éstas bastaron y pusieron en evidencia lo que ya presumía: no era la autora del escrito.

Aquí podría haber terminado todo. La evaluación había finalizado y el “no apto” era incuestionable. La profesora que estaba conmigo se levantó, guardó sus cosas y salió del aula con poco aliento y bastante decepción. Sin embargo, yo había pensado tanto en este encuentro que le propuse a la alumna tener una conversación. La tensión seguía, se sentía en el aula, pero esta vez no era por la evaluación.

Me levanté de la silla y caminé hasta el fondo del aula. Tomé otra y la acerqué a la mía. Nos ubicamos una frente a otra.

Recuerdo que, a medida que hablamos, el sol se encondía y caía la noche. Poco a poco perdimos la poca luz que entraba por la ventana del aula entre preguntas, muchos silencios y pocas respuestas. Costó conversar. Me resistía a limitar las palabras a un sermón. Era justamente lo opuesto a lo que había estado pensando por días.

Le pregunté cómo había sido su paso por la carrera y qué expectativas tenía luego de graduarse. Me intrigaba saber qué había aprendido en todos estos años en la universidad. Creo que ella se sorprendió. Por eso primero me escuchó, me observó y poco a poco fue permitiéndose hablar como si estuviera buscando la salida de un laberinto. Se fueron cambiando los roles: ella comenzó a hablar y yo a escuchar. Entendí qué importante era mostrarme permeable, siendo que el callarse también es una modalidad de palabra posible.

Luego, sin buscarlo, nos encontramos nuevamente conversando sobre su trabajo. Ya había caído la noche y la oscuridad no dejaba ver nada a través de la ventana del aula. La estudiante comenzó a relatar las dificultades que había tenido con su tutor y lo difícil que le había resultado esta última etapa de la carrera. La angustia apareció y con ella, la sensación de desolación. Mencionó que, en muchas ocasiones, se había sentido a la intemperie y que la desesperación la había llevado a cometer errores de los que estaba arrepentida. De repente dijo:

Me equivoqué profe, pedí ayuda a una amiga y me salió todo mal en el trabajo.

¿Una amiga? pregunté.

Use el chat GPT. Esa es mi amiga. 

La confirmación de mis sospechas ya eran un hecho. Ella confesó su infracción. Por la ventana del aula vi que las luces de la calle empezaron a prenderse. En ese instante, me acordé de la pregunta que hacía meses nos había paralizado: ¿qué vamos a hacer cuando los alumnos descubran el Chat GPT? 

 Era momento de hacer algo.

  1. Santos Guerra, M.A. (2008). La pedagogía contra Frakenstein y otros textos frente al desaliento educativo. Graó. ↩︎

¿Cómo disfrutar de mis clases? de Laura Duschatzky

Leer es una de mis pasiones, y estoy convencida de que lo que me hace bien a mí debo compartirlo. Hoy quiero dar inicio a una nueva sección en este Blog que he dado a llamar: «Sentate a leer conmigo. Libros & Naturaleza». Me propongo compartir, todos los meses, una recomendación de lectura contándote por qué la elegí, qué me gustó y cómo puede ayudarte a reflexionar si también te interesa el mundo educativo. Se me ocurrió presentar los libros con fotos de fondo que yo tomo (aclaro que no soy profesional) en los lugares en los que leo. De este modo, además de invitarte a leer, te muestro paisajes naturales que me inspiran a seguir leyendo.

Empiezo este mes con una lectura que combina perfecto con el verano. Es un texto de fácil lectura y muy llevadero. Literalmente me lo tragué. Lo leí en unas pocas horas durante un fin de semana. Apenas lo terminé, se convirtió en uno de mis libros pedagógicos favoritos. En cada ocasión que tengo lo suelo compartir con docentes en clases o formaciones que doy.

Pero sin más preludios y para no matarte con la intriga, te comparto el título: ¿Cómo disfrutar de mis clases? Cartas del siglo XXI entre dos profesoras españolas y una asesora pedagógica argentina de Laura Duschatzky.

Laura es Magíster en Educación de la Universidad Nacional de Entre Ríos, Licenciada y Profesora en Ciencias de la Educación de la Universidad de Buenos Aires (UBA), pero más allá de los títulos académicos, te cuento quién es ella para mí. Podría decir que Laura es una verdadera artesana de las palabras.

Durante mis años de formación de grado había escuchado su nombre y buscando bibliografía para una de mis tesis encontré este artículo: Los vínculos en las escuelas. Pensar la composición de las relaciones en tiempos digitales y abismales que escribe con Carlos Skliar y que realmente me interesó. De forma muy clara Laura invita a pensar en la importancia que tienen las relaciones en la escuela (e insiste en muchos de sus textos con la expresión «somos en relación») y procura dar algunas respuestas frente a la pregunta ¿educar tiene que ver con el querer a los demás?

En pandemia volví a cruzarme con ella pero de forma diferente. Recuerdo que aprovechaba la virtualidad para hacer seminarios para el Doctorado y me anoté a un curso que ella daba y que tenía por nombre «Dejar enseñar. Dejar aprender». Tenía la percepción de que era una propuesta distinta. Con solo leer el programa advertí que su curso se alejaba de la estructura rígida y formal que suelen tener los espacios académicos al invitar a un pensar (y pensarme) de la mano de otros.

Lo que ocurrió en esa experiencia de formación fue asombroso para mí. Lejos de presionarme con entregas de tareas y participación en foros, Laura me invitaba de manera muy amorosa a unirme a un pensar colectivo. Sentía que cada clase que leía de forma semanal era un oasis (recuerdo que le escribí un correo usando esta expresión) porque allí encontraba una fuente renovada de ideas, autores y reflexiones que me convocaban a pensar sobre lo que me pasaba cuando enseñaba. La propuesta no era una sumatoria de lecturas o actividades sino un convite para deleitar saberes que me interpelaban en medio de tanto encierro.

Esa experiencia me motivó a seguir en contacto con ella. Al año siguiente nuestras conversaciones derivaron en la creación de un espacio virtual de encuentro y de escritura destinado a docentes de distintos niveles y contextos. Fue una propuesta muy potente que funcionó como sostén en el aislamiento y nos permitió volcar en textos escritos nuestras experiencias enseñando en pandemia. Esta aventura pedagógica culminó con la compilación y la publicación de esos textos en un libro que llamamos «Sentir, pensar y narrar. Las experiencias del acto de educar en clave de creación« y que sigue llegando a docentes de distintos rincones del mundo.

Nuestra relación con el tiempo fue creciendo y eso hizo que hoy sea una amiga muy valiosa para mí. Confieso que solo nos vimos personalmente una vez en un café de Madrid aprovechando uno de sus viajes al viejo continente, dado que la mayoría de nuestras conversaciones han sido y son virtuales.

Si tuviera que escribir que disfruto de mi amistad con Laura podría enumerar muchas cualidades, pero me voy a detener en un gesto que la hace única. En la mayoría de nuestras charlas por zoom, mientras conversamos sus manos suelen volar por su biblioteca para sacar un libro, uno que ella recuerda pensando en alguna frase o bien un pequeño párrafo que nos ilumina a seguir pensando juntas. Al abrirlo, de manera mágica, encuentra lo que buscaba y suele leerme de forma pausada y sentida, como si hiciera propias las palabras del autor y me las dijera directamente a mí, solamente a mí. Esos son «instantes» que me llenan de nuevas ideas, me ayudan a pensar lo no pensado hasta el momento y nutren mi escritura trayendo otras palabras, aunque a veces, éstas sean prestadas.

Como todas las experiencias que vivimos juntas, mi encuentro con su libro fue inesperado. Ella me había comentado de esta publicación pero no podía conseguirlo en Argentina. Ya en España, a pocas semanas de haberme mudado, fui a la Feria del Libro en el Parque del Retiro y en unos de los stands (precisamente el de la Editorial Morata) me topé con su texto. Muy asombrada lo tomé en mis manos, comencé a leer el índice y el señor que lo vendía me preguntó si la conocía. Curiosamente era su editor y comenzamos hablar de Laura y de la amistad que cada uno tenía con ella. Ese día terminé enviándole a Laura una foto con su editor y yo me llevé el libro a casa, aunque confieso que leí las primeras páginas en uno de los bancos del Retiro, lugar que ella también describe en su libro:

Ahora entenderás por qué esta primera publicación se llama «Sentate conmigo a leer desde el Parque del Retiro».

¿Cómo disfrutar de mis clases? es un libro de conversaciones pedagógicas. Laura reconstruye las charlas que mantiene desde Buenos Aires con dos profesoras españolas, Lola y Blanca. A través de correos electrónicos realiza un asesoramiento pedagógico que las ayuda a reflexionar sobre la enseñanza y todo lo que se pone en juego al entrar en un aula. Laura deja relucir su oficio de asesora pedagógica al escuchar una inquietud de Lola y otra de Blanca y abre un camino de preguntas y reflexiones que nos invitan a los docentes a pensar cómo disfrutar de lo que hacemos cuando enseñamos.

A lo largo de 269 páginas Laura ayuda a estas dos docentes (y a sus lectores también) a pensar en la enseñanza. Su texto está lleno de metáforas y preguntas que necesariamente llevan al lector a reflexionar sobre sus prácticas y los modos que tenemos que «vivir la enseñanza» sabiéndonos y aceptándonos sensibles y vulnerables. Te comparto un fragmento del libro que resume el punto de partida que tuvo Laura para comenzar a escribir:

Laura cumple su labor de asesora con palabras que animan a no conformarse, a buscar el sentido perdido y a que éste se encarne en cada docente para generar condiciones que hagan más habitables los espacios educativos en el presente, aquí y ahora.

Te invito a escuchar en la voz de Laura lo que quiso compartir con este libro a través del siguiente video. Tomate unos minutos, cerra tus ojos y escucharla con atención.

Espero que esta recomendación te haya gustado y que disfrutes de este libro tan necesario para quienes amamos enseñar. Dejame tu comentario contándome si esta propuesta te gustó o queres que sigamos conversando sobre el contenido del libro.

Cadena de innovaciones, nuevas formas de enseñar en la Universidad.

Muchas veces como docentes sabemos que lo que hacemos en clase no funciona o bien que podríamos incorporar otras formas de enseñar que generen más interés en los estudiantes o los comprometan más con su aprendizaje. ¿Te pasó? A mí muchas muchas veces… cuando no es falta de tiempo, es escasez de recursos y podría enumerar algunas razones más que hacen que suela postergar las intenciones que tengo de cambiar cómo enseño en distintas asignaturas.

El cuatrimestre pasado leí un artículo de Ana Lucía Pizzolitto (2018) llamado “Innovaciones como estrategias de cambio educativo. Aportes teóricos desde el campo del planeamiento educacional” que me gustó mucho y me inspiró a innovar. La autora expone:

Etimológicamente, el término innovación se encuentra conformado por tres componentes: in-nova-ción. Nova remite a la idea de renovar, cambiar, realizar nuevamente; así como también involucra novedad, cualidad de lo desconocido, novel, novicio. El prefijo In hace referencia a introducción, incorporación de algo nuevo en una realidad ya existente. Mientras que el sufijo ción implica actividad o proceso, resultado, realidad interiorizada e incorporada (Libedinsky, 2005). De esta manera, definimos a las innovaciones educativas como un conjunto de procesos complejos, sistemáticos e inten-cionales en los que resulta de suma importancia el protagonismo de los docentes en ellos e implican tomas de decisiones e intervenciones tendientes a la modificación de actitudes, concepciones, culturas y prácticas educativas, así como también la resolución de problemas, tendientes al mejoramiento de la calidad de la enseñanza, introduciendo rupturas en las prácticas preexistentes y cambios en las creencias, supuestos o teorías subyacentes que sustentan tales prácticas (p. 89).

El artículo realmente me resultó muy interesante. Me permitió reencontrarme con el concepto de “innovación” pensando los sentidos que la unen y distancian de otras nociones como “ruptura, mejora, prácticas planificadas y contextualizadas”. También me posibilitó pensar de la mano de otros autores que hacía tiempo no leía. Recordé a Fullan (2002)1 quien explica que los procesos innovación traen consigo “desaprendizajes” y “reaprendizajes” para los docentes dado que desencadenan incertidumbre y desafían a probar, ensayar y experimentar nuevas estrategias poniendo en tensión las propias creencias y prácticas. Ahora bien, ¡qué díficil es sostener los cambios y transferirlos a otros espacios de nuestra práctica docente!

La autora nos ayuda a profundizar en la comprensión de las innovaciones retomando los tres enfoques (tecnologico, político y cultural) que plantean House y Mcquillan (2005)2 para su estudio y el recorrido por seis dimensiones (sistémica, ecológica, cognitiva, de diálogo, de investigación-acción y holográfica) que Ruiz Ruiz (2003)3 desprende de estos enfoques para reflexionar sobre los propósitos y finalidades de las innovaciones. Asimismo, desde la perspectiva de la complejidad (Morin, 2005),4 la autora recurre a la noción de «trayectoria» para ayudarnos a pensar el camino que recorren las innovaciones, considerando el momento de gestación y los períodos en los que se desarrollan. Esto último me dejo pensando dado que, a partir de las innovaciones, los docentes podemos procurar su generalización y expansión, limitarnos a reemplazar una práctica por otra ya existente o bien abandonar el proceso de cambio considerando los obstáculos y dificultades que pueden aparecer.

Leer siempre me ayuda y este artículo me inspiró a innovar: animarme a hacer algo diferente en mis clases. Elegí la asignatura «Alumnos con necesidades de apoyo educativo», un espacio curricular que está en la mención Educativa del grado de Psicología en la UFV. En la Guía Docente podrás ver que en esta asignatura analizamos distintas situaciones o condiciones, temporales y permanentes, que pueden afectar el proceso de aprendizaje de los estudiantes. Sin embargo, esto no se limita a la educación formal sino que incluye analizar cómo los psicológos educativos pueden acompañar procesos de evaluación e intervención psicoeducativa que favorezcan la inclusión educativa y social en distintas actividades y contextos.

Al pensar cómo podía mejorar el aprendizaje de los estudiantes se me ocurrió ponerlos en contacto con experiencias reales y situadas de profesionales que trabajan, de forma independiente o a través de centros especializados, con estudiantes, comunidades educativas y familias de personas con discapacidad o condición alguna que afecte su aprendizaje. ¡Esto fue un desafío! Hace dos años que llegué a España y aún estoy en proceso de construir nuevos lazos profesionales. Pero en lugar de amedrentarme, sentí que allí estaba el reto didáctico para mí. Así fue como durante el cuatrimestre fui armando una nueva red de contactos que me permitieron tener invitados muy valiosos en las clases.

Una de estas visitas que logré concretar en el aula potenció el interés por aprender de mis estudiantes. Marta, la directora del Centro GATEA, un espacio que brinda atención integral a personas con trastorno del espectro autista (TEA), asistió con Meli (psicóloga del Centro) y contó su experiencia como mamá de un joven con TEA y fundadora de GATEA. Nos llenó de anecdótas donde mis estudiantes pasaron de la emoción a la risa y quedaron con ganas de saber más no sólo de su Centro sino del TEA, contenido que estabámos trabajando.

Esto me llevó a pensar que la innovación de abrir las puertas de mi clase requería pensar otro cambio más ¿Qué hacer con este interés que había suscitado la visita de Marta?, ¿qué podía cambiar de mi propuesta de tareas y actividades que sostuviera esta motivación? Nuevamente decidí innovar… y exploré por varios días el trabajo del Centro GATEA y los recursos que tenía disponible de forma abierta. Así descubrí su canal de Youtube (https://www.youtube.com/@gateaatencionglobal9101) y un repositorio lleno de podcasts, algunos solo con audio y otros en formato video. Comencé ese mismo día a escucharlos y no podía dejar de hacerlo…

Este recurso me llevó a pensar cómo incorporarlo en mis clases y nuevamente una innovación nació. Les propusé a mis estudiantes trabajar con los podcasts. Cada uno debía elegir de forma autónoma un episodio que les generaba más curiosidad o interés y animarse a grabar sus reflexiones en un podcast en formato audio. Quería que pudieran tener una escucha atenta y sensible y que su reflexión no se limitara a un texto estructurado o a resumir lo escuchado con ayuda del Chat GPT. Buscaba sostener la motivación conectando lo que pasaba dentro y fuera del aula. De esta manera, quería que ellos puedan acercarse de otra manera con lo que estaban estudiando pensando en su presente, retomando sus experiencias personales y acompañándolos a proyectarse como profesionales en el futuro.

Esta es la consigna que les compartí: Una vez que escuches o visualices el episodio que elegiste, debes armar un audio (a modo de podcast) de una duración mínima de 3 minutos y máximo 5 minutos donde reflexiones sobre lo que escuchaste y cómo lo conectas con lo estudiado en la asignatura (lecturas obligatorias, presentación de clase y comentarios que fuimos compartiendo en el aula).En tu audio debes dar respuesta a las siguientes preguntas: a) ¿De qué trata el material que escuchaste o visualizaste? (¿cómo se titulaba?, ¿qué número de episodio era?, ¿quiénes formaron parte del mismo?, ¿qué ideas o temas fueron abordados en relación al TEA?), b) ¿Qué te pareció novedoso e interesante considerando los conocimientos y/o experiencias que tenías en relación al TEA? (es importante que hables desde tu experiencia personal como estudiante), c) ¿Qué relaciones o vínculos encuentras con las lecturas obligatorias o materiales abordados en clase? (aquí puedes retomar una cita de los textos o algún ejemplo o caso que hayamos comentado en clase), d) ¿Por qué crees que un/a psicológo/a debería escuchar o visualizar este material? ¿qué aportes hace para comprender y actuar en la práctica profesional?, e) ¿A quiénes recomendarías escuchar o visualizar este material? (padres, hermanos, educadores, profesionales del campo de la salud, políticos, comunidad en general) y ¿por qué?  (menciona al menos 3 razones), f)  ¿Qué aprendiste a partir de esta actividad? Estas preguntas no debes mencionarlas de forma explícita en tu audio, solo son una guía para ayudarte a organizar tu reflexión.

Cuando les presenté esta propuesta de trabajo confieso que algunos me miraron con desconfianza. ¿La tarea consiste en grabar un audio como si te mandara un Whatssap?, profe ¿solo queres escucharme?, ¿cómo me grabo? Fui contestando todas estas preguntas y los animé (también yo me animé) a explorar nuevos recursos (disponibles en internet de forma gratuita) para aprender siguiendo esta cadena de innovaciones en la que estaba metida. Juntos exploramos la herramienta Voccaro, ya que nos ofrecía una manera simple de grabarnos. Primero probé yo grabando los pasos para resolver la actividad (escucha aquí) y luego ellos. También les propusé socializar esos audios, es decir, compartirlos como grupo para escucharnos. Por suerte, aceptaron subir cada uno su podcast a un muro colectivo a través de la herramienta Padlet (si no conoces este recurso te dejo un material que explica qué es y cómo usarlo: https://intef.es/wp-content/uploads/2019/10/Padlet-2.pdf)

Al terminar esta actividad, muchos me expresaron su satisfacción con la propuesta y lo novedoso que les había resultado resolver una tarea en formato audio. También compartieron en clase lo interesante que les había parecido escuchar a sus compañeros y lo que habían descubierto del TEA. Sin embargo, cuando creía que las innovaciones en este curso habían llegado a su fin, nuevamente se desencadenaron otras.

Con autorización de mis estudiante, compartí con Marta (del Centro GATEA) las resonancias de sus podcasts a partir de las reflexiones que estaban colgadas en la Padlet. Ese mismo día, antes de entrar a clases, recibí este correo de Marta:

Aún sorprendida por esta respuesta, lo primero que hice al comenzar la clase, fue leer a mis estudiantes las palabras de Marta. Algunos se reían, otros estaban en shock. La invitación de Marta nos sumergió (a los estudiantes y a mí) en un nuevo desafío que aceptamos y que hoy nos llena de orgullo. ¡Grabamos un episodio para GATEA y los audios de mis alumnos hoy también forman parte de otras reflexiones que se comparten en el canal de YouTube del Centro para que otros puedan seguir aprendiendo!

Te comparto aquí los enlaces para que puedas escucharlos:

Episodio 152 | Charlando con alumnas de grado de psicología de la UFV https://www.youtube.com/watch?v=_8_4X6CWDKE&t=27s

Episodio 153 | Testimonios UFV: autismo y sexualidad https://www.youtube.com/watch?v=oTaRDM85Oug&t=1220s

Episodio 154 Testimonios UFV: diagnóstico de autismo en mujeres https://www.youtube.com/watch?v=_Q6f21kvsUg&t=479s

Episodio 155 | Testimonios UFV: ¿cómo es ser madre de un niño con autismo? https://www.youtube.com/watch?v=cQsfdvBrgng&t=261s

Episodio 156 | Testimonios UFV: perros de asistencia para personas con TEA https://www.youtube.com/watch?v=EWOjCdJ5_Jw&t=1003s

Si esta experiencia que te compartí te interesó, te invito a que dejes un comentario así seguimos en contacto.

  1. Fullan, M. (2002). El significado del cambio educativo: un cuarto de siglo de aprendizaje. Profesorado, Revista de currículum y Formación del Profesorado, 6, 1-14. Disponible en: https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=56751267002 ↩︎
  2. House, E. & Mcquillan, P. (2005). Three perspectives on school reforms. En A. Lieberman. The roots of educational change.
    International handbook of educational change
    . Springer. ↩︎
  3. Ruiz Ruiz, J. M. (2003). Cómo mejorar la institución educativa. Evaluación de la innovación y del cambio. Análisis de casos. Cooperativa Editorial Magisterio. ↩︎
  4. Morin, E. (2005). Introducción al pensamiento complejo. Gedisa editorial. ↩︎

FRAGILIDADES EN TIEMPOS DE ÓRDENES Y RESPUESTAS AUTOMATIZADAS. Episodio 3.

Habían pasado casi tres meses desde aquel primer encuentro con el Chat GPT. Con más frecuencia empezábamos a mencionarlo en reuniones de profesores: ¿alguien probó que dice el chat?, ¿podremos encontrar algo en la IA que nos pueda servir?

Compartíamos “trucos” para dar órdenes cada vez más específicas: saludar siempre a la IA, utilizar verbos precisos al momento de hacer pedidos, chequear las respuestas con otras fuentes, formular preguntas de manera diferente, entre otros.

El Chat nos estaba brindando ayudas para resolver tareas de todos los días, las hacía más livianas, pero nada de eso incluía a los estudiantes. No había lugar para alojar preguntas incómodas respecto de cómo podría afectar el Chat GPT al aprendizaje y cuáles serían las experiencias que quizás estarían teniendo los estudiantes con la IA. Parecía un tema prohibido.

Tal vez todos dábamos por supuesto, como si fuera una premonición silenciosa, que el chat GPT nos traería problemas con nuestros estudiantes. Si la IA agilizaba nuestras tareas, seguramente también las de ellos. La fórmula Chat GPT+ estudiantes = fraude comenzaba a rondar, al menos en mis pensamientos.

Parecía acorralada por dilemas. Saber y no saber sobre la potencialidad y los peligros del chat GPT. Enseñar usándolo en clase o ignorarlo en mis prácticas como si fuera un desconocido. Conocer qué hacen los alumnos con la IA o mejor postergar esa búsqueda.

Por suerte algo inesperado me sorprendió. Era martes y la primavera ya se estaba dejando ver por la ventana del despacho. Bajé por un café. El sueño me vencía luego de una mañana llena de clases. Volví a mi escritorio y comencé a leer un trabajo final de carrera de una estudiante. A medida que avanzaba en las páginas iba sintiendo incomodidad. Me movía en la silla, resaltaba frases en el texto, hacía anotaciones al margen. Estaba inquieta. Algo no me cerraba. Encontraba información que me resultaba rara, incongruente, errores conceptuales repetidos. El escrito tenía un formato desconocido. Nada me cerraba. Era evidente que el trabajo era ajeno a la autora, a su nivel de formación y a los requisitos que organizan este tipo de escritos. 

El café se enfrió porque la lectura me atrapó. En veinticinco minutos leí las cuarenta páginas y poco a poco la idea de una posible presencia del Chat GPT en el trabajo fue ganando fuerza.

A esta altura yo también tenía mis trucos con el Chat. Le hice preguntas sobre el trabajo y pegué fragmentos del texto para ver si la IA se atribuía la autoría. Busqué las referencias y autores citados en el texto y descubrí que algunos eran inexistentes. Encontré dos blogs de profesores que explicaban cómo descifrar el uso del chat en tareas realizadas por los estudiantes. Algunos de estos indicios coincidían con fallos presentes en el escrito. Terminé el café ya frío y con un sabor amargo. Esa tarde me di cuenta que ya estaba ante el primer trabajo de un estudiante en co-autoría con el Chat GPT.  

Cuando llegué a casa le comenté a mi esposo lo que había descubierto. Espantada le conté mi proceso como si hubiera reunido pistas para resolver un crimen. Me sentía una Sherlock Holmes pedagógica.

Recuerdo que esa noche no podía conciliar el sueño. ¿Y ahora qué?, ¿qué debía hacer?, ¿hay protocolo para esto?, ¿es plagio? Estaba desorientada. Me enfrentaba a un no saber qué hacer, qué decir, qué proponer. Buscaba entre mis pensamientos una posible salida. No quería limitarme a suspender el trabajo y fin del cuento. Intentaba pensar qué podíamos aprender de esta situación.

Di muchas vueltas en la cama. En una de ellas, recordé el libro que había leído el verano pasado: “La inteligencia de las flores” de Maurice Maeterlinck1. Un texto al que llegué que me sumergió inesperadamente en el asombroso mundo de la botánica. Me levanté y fui al estudio. Entré, prendí la lámpara del escritorio y me dirigí a la biblioteca. Recorrí con mis dedos los lomos de los libros de los dos primeros estantes. Allí estaba. Lo tomé y al abrirlo leí: “Que encontremos algunas plantas y flores torpes o desafortunadas no significa que estén completamente desprovistas de sabiduría e ingenio. Todas ellas tienen la ambición de invadir y conquistar la superficie terrestre multiplicando hasta el infinito la forma de existencia que representan porque la ley que las condena es la inmovilidad”.

Leí estas frases e inevitablemente pensé en cómo me sentía. Las respuestas ya sabidas como profesora hoy no servían. No podía quedarme inmóvil. Tenía que salir de lo conocido e ir más allá. ¿Qué otra forma de existencia requería esta situación?

Ya eran más de las dos de la mañana. Fui por un vaso de agua y volví a mi estudio para seguir leyendo. Recordé algunas cosas que había aprendido con este libro. La más importante: detrás del silencio y la sensación apacible que generan las plantas, hay un mundo que se rebela desde la raíz contra el destino. Ganar altura, escapar de la fatalidad del suelo, eludir y transgredir la inmovilidad, liberarse. Algunos dicen que las plantas se inventan alas para vencer el espacio al que las condena el destino y así logran avanzar ganando otros terrenos, expandiéndose y creciendo.

Ya era tarde y decidí terminar el capítulo que había comenzado a leer al azar. Volví a la cama con esta última frase: “La flor ofrece un prodigioso ejemplo de insumisión, coraje, perseverancia e ingenio. Si decidiéramos alzarnos contra las diversas necesidades que nos aplastan con la mitad de la energía que despliega una pequeña flor de nuestro jardín, cabe pensar que nuestra suerte sería muy distinta”. Recuerdo que me dormí pensando en la importancia de despegarse de la idea de plagio y suspenso, de no quedarme en el mismo lugar, de rebelarme contra ese destino que a veces parece limitarnos la evaluación. ¿Qué tendría que hacer para expandir mi comprensión y ayudar a esta estudiante a usar su inteligencia?

  1. Maeterlinck, M. (2022). La inteligencia de las flores. Gallo Nero. ↩︎

Continuará…

Mi estancia en la Universidad Stefan Zweig (Austria)

Viajar me apasiona. Cada vez que tengo la oportunidad de tomar un avión o subirme al coche para descubrir un lugar nuevo, se abre ante mí una aventura. Conocer culturas, escuchar otros idiomas, explorar sabores distintos y dejarme cautivar por paisajes e historias únicas me brinda infinitas oportunidades para seguir aprendiendo.

Nunca vuelvo igual de un viaje, y menos si es educativo. La experiencia me muestra que viajando mis conocimientos se expanden. Conocer la realidad de otros investigadores, profesores y estudiantes me permite tener una bocanada de nuevos aires pedagógicos. De esta manera siento que vuelvo a mis espacios renovada e inspirada para dar apertura a otros proyectos.

En esta oportunidad te cuento mi primer viaje educativo viviendo en Madrid.  En 2022, comencé a trabajar en una Universidad online en España. Mientras escribía mi Tesis Doctoral tomé unas horas en un Máster en Formación de Profesorado, un espacio que ofrece formación pedagógica a profesionales que quieren dedicarse a la enseñanza. Ingenua de mí, al pensar que mi desafío se limitaba a dar clases en otro país.

A los pocos días de ingresar a la Universidad recibí la invitación para participar en una estancia ERASMUS para profesores en países de la Unión Europea. Sin pensarlo mucho, llené mi postulación para tres universidades que tenían carreras o programas focalizados en Pedagogía. Elegí Universidades de Austria, Italia y Portugal, pero realmente deseaba que me asignarán la posibilidad de viajar a la Universidad Stefan Zweig en Salzburgo (Austria). Había investigado las tres opciones a las que me había apuntado por internet y la elección de Austria se basó en las diferencias que podía reconocer con mis experiencias previas. Si bien el idioma (alemán) me asustaba, el tener que hablar inglés sumaba un desafío extra a esta aventura.

Realmente postularme no implicaba poner en riesgo nada de lo que ya había conseguido (que era mucho para mí). Sin embargo, cuando lo hice no estaba muy esperanzada, tenía poca confianza en mis antecedentes académicos. ¿Serían suficientes para la postulación?, ¿mi perfil le interesaría a alguna Universidad?, ¿estaría preparada para este tipo de experiencia?

A pesar de mis pronósticos negativos, semana a semana, fui superando los distintos pasos administrativos que requería la postulación y sólo quedaba esperar el veredicto final. Tres días antes de la Nochebuena me llegó un correo confirmando que la estancia me había sido otorgada y en la Universidad que quería. ¡Se había anticipado mi regalo de Navidad y la posibilidad de viajar ya era una realidad!

Recuerdo que al recibir el correo grité: ¡Si, si, si! Repetía este monosílabo sin parar desde el pequeño estudio que tenía en la casa en la que vivía en ese entonces. Luciano, mi marido, vino a verme y festejaba conmigo porque él también sería parte de este viaje. Con esta estancia teníamos la oportunidad de volver a tomar un avión y conocer nuevos lugares luego de toda nuestra travesía mudándonos a España en plena pandemia. Con la emoción a flor de piel, ese mismo día empezamos a buscar vuelos, hosteles y lugares turísticos para recorrer.

Confieso que los meses previos al viaje volaron porque hice muchas cosas. Reforcé mi inglés tomando clases especiales, armé dinámicas para presentarme y mostrar mi trabajo a profesores y estudiantes, diseñé materiales didácticos para las clases que debía dar y armé un recorrido turístico que incluyó algunos lugares de Suiza, Alemania y obviamente Austria. Eran trece días muy compactos con un plan exigente lleno de actividades que me permitían combinar trabajo con disfrute.

Y así fue como llegó el día del viaje. El lunes 6 de marzo de 2023 a las 10.00 hs. estaba en la puerta de la Universidad Stefan Zweig llena de miedos e inseguridades, pero muy feliz. La curiosidad me salía por los poros. Quería conocer todo y estaba dispuesta a superar los obstáculos que aparecieran para lograrlo.

Recuerdo que, a medida que me acercaba a la puerta de la Universidad y veía gente dentro del edificio, mi corazón latía más y más fuerte. Una vez allí me dirigí a la oficina de Educación Internacional y me encontré con las referentes del programa ERASMUS+ quienes me recibieron con los brazos abiertos y me hicieron sentir en casa.

Hoy puedo decir que no me equivoqué eligiendo a la Universidad de Educación Stefan Zweig. Es una institución focalizada en la formación inicial (grado) y continua (posgrados) de docentes de nivel primario, secundario y educación especial, pero desde una perspectiva inclusiva y muy novedosa. Si tuviera que decir qué me sorprendió de esta Universidad podría resumirlo en tres aspectos claves:

1. La potencia del arte en la enseñanza. En cada una de las aulas de la Universidad se respira creatividad. Pinceles, maquetas, esculturas, instrumentos musicales y recursos para enseñar están presentes en todos sus espacios. Una semana allí me bastó para aprender la importancia de enseñar creando experiencias multisensoriales que comprometan subjetivamente a los estudiantes, más allá de la edad que tengan y el lugar de donde provengan.

2. La intensidad de la formación práctica. Desde primer año los estudiantes que se forman para ser docentes asisten a escuelas primarias y/o secundarias para tener contacto directo con la realidad educativa. Tuve el enorme placer de visitar una de ellas. Su propuesta pedagógica me atrapó a tal punto que pase todas las mañanas de mi estancia allí visitando clases, hablando con profesores y observando a estudiantes. Te preguntarás: Noe, ¿qué viste? Hago una listita de lo más importante:

  • Las aulas interculturales. Allí se habla alemán e inglés como idiomas básicos para aprender, pero escuché francés, español e incluso chino. Las lenguas se mezclan en un clima que respeta y valora las diferencias.
  • Las propuestas de enseñanza basadas en el aprendizaje por proyectos interáreas. Pizarras que integran matemática con biología e historia con literatura. Nada se aprende fragmentado, todo se articula para propiciar la comprensión. Los proyectos duran un mes y comprometen a los estudiantes a alcanzar metas de forma cooperativa.
  • El arte como modo de expresión transversal para aprender cualquier campo de conocimiento. Las paredes de la escuela estan decoradas de producciones de los estudiantes y muestran el proceso creativo que los estudiantes han atravesado para llegar a exposiciones plagadas de colores y texturas.
  • Los espacios de asamblea como lugares de encuentro. El inicio de la jornada escolar como la organización del mobiliario en las aulas fomenta la circulación de la palabra y el diálogo. Fue maravilloso ver cómo en las clases las dudas se resuelven en el centro del aula donde unos se encuentran con otros para ayudarse y acompañarse. Hay alumnos más avanzados que otros que tienen la función de brindar asistencia. También hay delegados en cada clase que contribuyen a mantener una convivencia armoniosa.
  • La autonomía de los estudiantes. Cada uno sabe que semanalmente debe cumplir con ciertas tareas y hay momentos de la jornada escolar, libre de actividades grupales, donde los estudiantes deciden cómo gestionar su tiempo: juegan, completan actividades, descansan, escuchan música o leen. Todos circulan por la escuela decidiendo qué y cómo estar en ella.
  • El acompañamiento a la inclusión educativa. No hay condición ni diagnóstico que impida que la escuela sea un espacio de aprendizaje para todos. La clave: varios docentes trabajando juntos. Nadie está solo, duplas pedagógicas por aula y hasta cuatro o cinco docentes organizando el trabajo de una clase o cuidando el recreo. En esta experiencia confirmé (una vez más) que la colaboración es la llave para generar oportunidades reales y propuestas didácticas potentes.

3. La organización de los espacios de aprendizaje. Todo lo que observé rompe con la estructura tradicional de las aulas. Las mesas móviles permiten armar y desarmar la dinámica de trabajo en el aula pasando de aprender de forma individual, a trabajar en parejas, a grupos de cinco alumnos a grupo total. El aula es un espacio que se reorganiza de forma permanente y cobra vida ante cada propuesta didáctica. En la “escuela de práctica” hay rincones temáticos como se acostumbran a organizar las salas de Educación Inicial en Argentina. En cada clase hay espacios de lectura con bibliotecas, armarios con juegos de mesa, plantas o pequeños huertos domésticos cerca de las ventanas, instrumentos musicales disponibles y almohadones para descansar. En la Universidad la organización de los espacios también es novedosa. Hay mesas rectangulares o circulares que fomentan permanentemente el trabajo en equipo. Carritos llenos de recursos: tijeras, pegamentos, pinceles, reglas e incluso máquinas para perforar, tallar o coser. Todo invita a un «aprender haciendo» que moviliza a la acción en un ambiente motivador.

Si todavía estas leyendo entenderás por qué quedé fascinada con esta Universidad… Imaginarás que con tanto por aprender los días se pasaron volando y pude compartir todo lo que había preparado. Dí un workshop de investigación donde encontré colegas con preocupaciones similares y trabajos que pueden dialogar con los míos en términos teóricos y metodológicos. Participé en varias clases, algunas ya programadas en mi viaje y otras en las que me infiltré porque la curiosidad y las ganas de aprender me impulsaban a ser parte. Conversé con muchos profesores, conocí sus experiencias y también los desafíos que hoy tienen al formar a docentes. Realmente la estancia se hizo corta y me quedé con ganas de más pero, por suerte, ya sé que puedo volver para seguir aprendiendo.

El viaje también me dio la oportunidad de descubrir Salzburgo, una ciudad hermosa, llena de historia, de música de la mano de Mozart y de excelente gastronomía. Una experiencia para recordar, compartir y seguramente repetir.

Si lo que escribí te gustó y queres conocer más, te dejo algunos enlaces de interés:

Información sobre el sistema educativo austríaco https://www.eurorai.org/public/Attachment/2020/9/Karlsruhe-SituationinSTERREICH-definitiv_ES.pdf ; https://www.bildungssystem.at/

Universidad de Educación Stefan Zweig https://phsalzburg.at/international/ ; @phsalzburg

Proyecto educativo de la Escuela vinculada a la Universidad https://www.youtube.com/watch?v=oQgetMhWbXE&t=28s

Guía turística para reconocer Salzburgo https://www.salzburg.info/es

¿Por qué bluetooth pedagógico?


  1. Punta, T. (2016). Señales de vida: una bitácora de escuela. Lugar Editorial. ↩︎
  2. Teresa Punta participó en 2021 en una clase virtual abierta titulada “La escuela y sus mundos posibles: miradas y saberes situacionales en la enseñanza”. Esta actividad fue organizada por el equipo docente (que integré de 2021 a 2023) de la asignatura «Perspectiva situacional de la enseñanza» del Ciclo de Complementación Curricular de la Licenciatura en Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de Río Negro. Si deseas acceder a la clase, podes hacerlo a través del siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=XGt9RLMD2ro&t=395s ↩︎
  3. En el capítulo 7 Teresa cuenta acerca del proyecto «Armando familias». Al respecto dice: «Es un trabajo que hacemos con unas cajas fabricadas para la ocasión. En cada caja hay un grupo de muñecos de trapo. Mujeres, hombre, chicos. En una además hay un perro, en otra sólo hombres, en algunas sólo niños, en otras hay muñecos obesos, gente en silla de ruedas… todo lo que imaginamos. La consigna cuando trabajamos con los chicos es decir una enunciación que convierta en una familia a ese grupo que aparece en la caja al azar, y una de las reglas que pusimos es que nadie puede negar lo que el otro dice con respecto a esa familia». ↩︎