Tiempo de transiciones y cambios: acompañar el ingreso a la Universidad

Quienes trabajamos en la universidad y hemos tenido experiencia también en las escuelas secundarias sabemos que las transiciones entre niveles educativos no son fáciles. Los cambios que enfrentan los estudiantes no se limitan a lo académico, sino que abarcan aspectos sociales y personales, integrándose al proceso de crecimiento subjetivo de cada uno. Estas transiciones son momentos claves en la vida de los jóvenes, donde se mezclan expectativas, incertidumbres y la necesidad de adaptación a un nuevo entorno de aprendizaje.

En las últimas décadas, términos como acceso, abandono, deserción y retención han cobrado relevancia en las investigaciones desarrolladas por instituciones universitarias y diversas agencias de investigación, tanto nacionales como internacionales. Estos estudios (Pierella, 2011; Carli, 2014; Celman, 2015; De Gatica, 2019) han puesto en el centro del debate la cuestión del ingreso a la universidad, destacando la complejidad del fenómeno y su impacto a largo plazo.

Asegurar el acceso no es simplemente permitir que los estudiantes se inscriban y comiencen sus estudios. Pensar el ingreso demanda una reflexión profunda sobre cómo las instituciones universitarias pueden acompañar la experiencia académica durante los primeros años. Este acompañamiento va más allá del concepto de inclusión como oportunidad: requiere un compromiso institucional y pedagógico real para brindar un apoyo efectivo desde el momento de comienza la vida universitaria.

Existen numerosas propuestas para acompañar este proceso, pero en este post quiero compartir una experiencia particular que viví como profesora este curso académico. A los estudiantes que ingresaron a la carrera de Psicología en la universidad donde trabajo, les propusimos un inicio diferente: caminar juntos durante cinco días por el recorrido portugués del Camino de Santiago de Compostela. Una experiencia única que invitó a los estudiantes a reflexionar sobre su ingreso universitario de una manera personal y colectiva, promoviendo la construcción de vínculos y del sentido de pertenencia.

Te imaginarás que caminamos, y mucho. Pero más allá del recorrido físico, quiero compartir algunas reflexiones como pedagoga sobre lo que aprendí de este viaje. El caminar se transformó en una metáfora potente de lo que significa acompañar a los estudiantes en su tránsito por la universidad, entendiendo que cada paso, cada conversación y cada descanso tiene un valor educativo profundo.

Cinco aprendizajes sobre el acompañamiento pedagógico en la transición universitaria:

El ritmo personal es clave: al caminar, cada estudiante tenía su propio ritmo. Algunos avanzaban más rápido, otros más despacio; algunos cambiaban de compañeros cada día, mientras otros construían y fortalecían su pequeño grupo a lo largo de las etapas. Incluso había momentos en que optaban por caminar en soledad. Este simple hecho me recordó la importancia de respetar los tiempos individuales de aprendizaje en el aula. No todos aprenden al mismo ritmo, y como docentes, debemos ser flexibles y pacientes, ofreciendo apoyo cuando sea necesario y dando espacio cuando los estudiantes lo necesiten.

El viaje es tan importante como el destino: a lo largo del Camino, comprendí que la experiencia no se limitaba a llegar a la meta, sino que el verdadero valor residía en lo que íbamos descubriendo durante el trayecto. Cada día nos encontrábamos con lugares hasta entonces desconocidos y personas cuyas historias, aunque muy diversas, se entrelazaban con las nuestras al compartir el mismo recorrido. Este constante descubrimiento me llevó a reflexionar sobre la importancia de priorizar el proceso de aprendizaje en lugar de centrarnos únicamente en los resultados finales. Aprender es un viaje continuo, lleno de pequeños logros diarios que, aunque a menudo pasen desapercibidos, son tan significativos como el objetivo final. Cada paso, por más pequeño que sea, contribuye a un crecimiento sostenido y profundo.

El poder de la conversación: las largas caminatas, e incluso las pausas donde descansábamos y disfrutábamos de comer juntos para recuperar fuerzas y seguir, propiciaron conversaciones profundas, tanto entre los estudiantes como entre los profesores que acompañamos este viaje. Estas interacciones espontáneas revelaron mucho sobre las inquietudes, expectativas y temores de cada uno en relación a la universidad, desde los distintos roles que ocupamos. Como vengo investigando desde hace tiempo, construir cercanía requiere una comunicación abierta y una escucha atenta, basada en la confianza. Este tipo de interacción nos permite conocernos mejor y ofrecer un acompañamiento genuino, ajustado a las necesidades particulares de cada persona. Una vez más, comprobé que generar espacios de diálogo es esencial para fortalecer las relaciones y construir un verdadero sentido de comunidad.

El apoyo colectivo fortalece: a lo largo del recorrido, hubo momentos en que el cansancio o las dificultades físicas comenzaron a afectarnos a unos y otros, pero siempre aparecía alguien dispuesto a ayudar: una pausa compartida, una crema para aliviar el dolor, una palabra de aliento. Esa solidaridad me recordó el inmenso valor del trabajo en equipo y del aprendizaje colaborativo. Cuando tanto los estudiantes como los profesores sienten que no están solos en su camino, que cuentan con el apoyo de sus compañeros y docentes, su confianza y motivación se fortalecen.

El autoconocimiento como base del aprendizaje: caminar no solo permitió a los estudiantes conocerse entre sí, sino también profundizar en el conocimiento de sí mismos. Estoy convencida de que todos nos llevamos valiosos aprendizajes de esta experiencia, incluyéndome a mí. El ritmo de cada caminata, sumado a las conversaciones compartidas, promovió una introspección profunda que me llevó a reflexionar sobre mi propio recorrido como profesora. Este tiempo de reflexión me brindó la oportunidad de pensar cómo quiero avanzar en este nuevo curso en mi carrera docente y renovando mi compromiso con el acompañamiento de los estudiantes en su tránsito por la universidad.

Si llegaste hasta acá habrás notado que este viaje no solo fue una experiencia física, sino también un camino simbólico hacia una mayor comprensión de mi rol como profesora. El contacto cercano con los estudiantes, el valor del trabajo en equipo, las conversaciones profundas y la introspección personal que surgieron a lo largo del Camino de Santiago me recordaron que acompañar a los estudiantes en su transición universitaria implica caminar junto a ellos, escuchar sus inquietudes, apoyarlos en los momentos difíciles y estar presente para guiar sus primeros pasos en este nuevo trayecto. ¡Estoy lista para volver al aula y crear en cada una de mis clases un espacio en el que cada estudiante sienta que no camina solo!

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Carli, S. (2014). Algunos aportes para pensar los primeros años de la formación universitaria desde la perspectiva de los estudiantes. Revista Política Universitaria. Fortalecimiento de la docencia y democratización de la universidad, 1(1), 15-19.

Celman, S. (2015). Ingreso a la Universidad. Notas para un encuadre. En M.A. Benvegnú (Comp.), Ingreso universitario, políticas y estrategias para la inclusión: nuevas complejidades, nuevas respuestas (s/p). EdUNlu.

De Gatica, A., Bort, L., Romero, M. M., & de Gatica, N. P. (2019). La Formación en el Ingreso a la Universidad. Revista Educación, Política Y Sociedad4(2), 54–75.

Pierella, M. (2011). El ingreso a la Universidad como experiencia subjetiva y cultural en estudiantes de la Universidad Nacional de Rosario. Revista Argentina de Educación Superior (RAES), 3(3), 26-48