El curso pasado le propuse a una compañera que leyéramos con nuestros estudiantes un libro. Ambas damos asignaturas de la mención educativa en el grado de Psicología en la Universidad. Queríamos incluir un texto que conectara nuestros espacios y acercara a los estudiantes a otro estilo de escritura. Una más cercana a la realidad, a sus historias pasadas en la escuela y a las futuras que podrán encontrarse como profesionales. Una escritura que nos ayudara a habilitar un espacio de reflexión y conversación sobre el complejo camino de la inclusión educativa.
Luego de varios días buscando y revolviendo en mi biblioteca y en la notebook que traje de Argentina, me vino a la mente el libro “Señales de vida”1. Su autora, Teresa Punta es una directora de la provincia de Chubut, que escribió las experiencias vividas en la Escuela Primaria Nº4.
Recuerdo que apenas pensé en el libro de Teresa fui trayendo a mi memoria fragmentos de las historias de sus alumnos, como si cayeran, una a una, piezas de un dominó. Se agolparon recuerdos de esos relatos que, en otra asignatura2 años atrás, ya me habían invitado a explorar otros modos de estar juntos en la escuela.
Abro un paréntesis: (-Si aún no conoces a Teresa, a “Señales de vida” y al resto de los libros que ha escrito, no dejes de hacerlo-), lo cierro.
La propuesta de leer este libro rápidamente fue aceptada por mi compañera. Teníamos nueve capítulos, nueve historias para compartir con los estudiantes. Ella eligió cuatro, yo otros cuatro y dejamos el último para leer juntas en la clase de cierre del curso.
Bajo este acuerdo, cada uno organizós tertulias dialógicas en sus clases. Yo les pedía a los estudiantes mover los bancos del aula. Armábamos un círculo con la intención de poder mirarnos a los ojos. Buscaba favorecer una escucha atenta. Tener la posibilidad de conversar acerca de lo que pasaba en cada historia que Teresa nos compartía y lo que nos pasaba a nosotros con ellas. A partir de esta propuesta, volvimos a leer en clase. ¡Sí, leer en voz alta como en la escuela! Cada uno leía un párrafo, intentando meterse en la historia y pasando la voz en la ronda. Leía uno, había una pausa, y seguía el siguiente.
En la segunda tertulia que tuvimos, les propuse a los estudiantes leer el capítulo 7: la historia de Emanuel, un niño que ayudó a la comunidad de la Escuela Nº 4 a pensar en la diversidad. Seguro te estarás imaginando el relato de un niño con discapacidad o alguna condición específica, pero no. Emanuel puso sobre la mesa la conversación sobre la diversidad de familias e inspiró un proyecto llamado “Armando familias”3. Teresa dice: “La idea de que hay una forma y un modo más correcto y que está establecido a priori de la existencia singular, se instala y deja fuera otras manifestaciones, las cataloga como peores, no se anima a mirarlas. Y en ese dejar afuera, en ese no mirar, dejamos de mirar propiamente a quienes viven estas realidades”.
Lo que abre la historia de Emanuel es maravilloso. La acogida de hijos adoptivos, la posibilidad de construir familias ensambladas, el lugar de la enfermedad y la muerte en quienes amamos, etc. Estas son algunas de las tantas situaciones que existen en las familias y que en la comunidad de la escuela de Teresa se propusieron no negar ni invisibilizar.
La noche anterior a esta tertulia volví a leer el capítulo. Ya era la cuarta o quinta que lo hacía, sin embargo, me detuve en una frase me llamó la atención:
“No se aprende por repetición ni por explicación sino por contigüidad.
Estar cerca pero no pegados. Nos preguntamos si no será una forma novedosa de mirar los vínculos que a veces se nos presentan tan empastados y superpuestos.
La contigüidad da un aire, un espacio entre, es un estar cerca, pero sin estar pegado.
La telefonía celular lo llama “Bluetooth” y nosotros, en la escuela, lo tomamos.
Encendamos nuestro Bluetooth, pongámonos contiguos”.
Confieso que repase varias veces estas seis oraciones. Cada vez que las volvía a leer, lo hacía más pausado, intentando comprender de forma más profunda el significado de sus palabras. Contigüidad era otra forma de nombrar a la “cercanía”. Esa palabra que me movilizó en mi Tesis Doctoral a comprender qué posibilidades de relación entre un docente y un estudiante permiten que enseñar y aprender sean una aventura inolvidable.
Hace años me inquieta comprender las relaciones pedagógicas, ¿cómo se construyen los vínculos en la escuela?, ¿por qué su potencia deja marcas subjetivas tan duraderas en el tiempo?
Leer a Teresa me ayudó a recordar que, tal vez, todo comience por estar disponible, por tener abierta la red sensible y amorosa de escucha para nuestros estudiantes, por mostrarles que estamos abiertos a conectar con ellos, a comunicarnos de otra manera y a intercambiar saberes sin mediaciones.
A partir de ese día, la idea del Bluetooth pedagógico me atrapó y fue ganando fuerza…
Al pensar cómo dar lugar a este deseo que tengo de escribir, la analogía del Bluetooth me inspiró para crear este blog y conectar con quienes tengan activa su red de experiencias pedagógicas.
Sigo investigando cómo podemos construir cercanía en las aulas, mientras tanto voy intentando que cada palabra que escribo aquí nos permita aprender por contigüidad…
Yo ya active mi bluetooth pedagógico, ¿y vos?
- Punta, T. (2016). Señales de vida: una bitácora de escuela. Lugar Editorial. ↩︎
- Teresa Punta participó en 2021 en una clase virtual abierta titulada “La escuela y sus mundos posibles: miradas y saberes situacionales en la enseñanza”. Esta actividad fue organizada por el equipo docente (que integré de 2021 a 2023) de la asignatura «Perspectiva situacional de la enseñanza» del Ciclo de Complementación Curricular de la Licenciatura en Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de Río Negro. Si deseas acceder a la clase, podes hacerlo a través del siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=XGt9RLMD2ro&t=395s ↩︎
- En el capítulo 7 Teresa cuenta acerca del proyecto «Armando familias». Al respecto dice: «Es un trabajo que hacemos con unas cajas fabricadas para la ocasión. En cada caja hay un grupo de muñecos de trapo. Mujeres, hombre, chicos. En una además hay un perro, en otra sólo hombres, en algunas sólo niños, en otras hay muñecos obesos, gente en silla de ruedas… todo lo que imaginamos. La consigna cuando trabajamos con los chicos es decir una enunciación que convierta en una familia a ese grupo que aparece en la caja al azar, y una de las reglas que pusimos es que nadie puede negar lo que el otro dice con respecto a esa familia». ↩︎
