FRAGILIDADES EN TIEMPOS DE ÓRDENES Y RESPUESTAS AUTOMATIZADAS. Episodio 5.

Pienso, luego pregunto al Chat GPT.

Sorprendida por la palabra “amiga”, le pedí que me contara desde cuándo llamaba a la inteligencia artificial así. La estudiante compartió la soledad que sentía al aprender, la vergüenza que sentía de no saber hacer lo que se le pedía estando en el último año de carrera, la frustración que sentía al recibir escritos llenos de correcciones por parte de su tutor. Así se acumulaban más y más sentires… El Chat GPT le ofrecía un aparente espacio de seguridad. Escondía sus fragilidades y anestesiaba en soledad su sentir y, por lo tanto, su pensar.

Observaba atentamente su rostro enrojecido. Sus gestos acompañaban la inflexión del tono de voz. Los ojos estaban llorosos. Los labios secos. Volvimos a conversar sobre su paso por la carrera, de aquello que la apasionaba e incluso de los obstáculos que había afrontado con valentía durante los últimos años.

La conversación giró alrededor de los propios límites, los temores, los refugios pasajeros, el impacto de las caídas y las sensaciones de vacío.

Sin embargo, yo sentía la necesidad de volver a la palabra “amiga”. ¿Por qué llamar así al Chat GPT? Si los amigos son aquellos que aprenden junto a nosotros o, mejor todavía, los que viven aventuras a nuestro lado, ¿qué relación posible podía existir entre una humana y la inteligencia artificial?

Confieso que quedé atrapada por esta idea. Vino a mi mente el cuento de Liliana Bodoc “Amigos por el viento”. Lo escuché muchas veces en la voz de Alejandro Apo[1] al punto que hay fragmentos que me los sé de memoria. Miraba a la estudiante y repetía dentro mío: “A veces, la vida se comporta como el viento: desordena y arrasa. Algo susurra, pero no se Ie entiende. A su paso todo peligra; hasta aquello que tiene raíces. Los edificios, por ejemplo. O las costumbres cotidianas”

Tomando prestadas las palabras de Bodoc le pregunté:

¿Será que el Chat GPT, como un viento, llegó de repente y se metió en todos lados?

¿Creés que estamos en peligro?

Juntas fuimos encontrando algunas respuestas que confirmaban la presencia de la IA en nuestras tareas cotidianas. Le conté mi experiencia con el Chat GPT y lo que me había movilizado encontrarme con su trabajo. Resultó una confesión. Eso ayudó a que ella me contara, sin quejas ni reproches, cómo llegó a sustituir la ayuda de un profesor por la IA. “Hacer como si” el trabajo lo hubiera realizado ella, “hacer como si” nadie pudiera advertir la existencia del chat en su texto, “hacer como si” nada pasara en la defensa. Sin embargo, juntas advertimos que todos esos “como si” no habían hecho más que poner en evidencia lo que “no” había pasado: aprender de sus errores y usar su inteligencia.

Reconocimos que, a todos de algún modo, el Chat GPT nos tenía anestesiados y que las consecuencias eran variadas. Desde sentirse aliviado al resolver con más agilidad distintas actividades hasta caer a sus pies anulando toda posibilidad de reflexión sobre el efecto de su uso desmedido. Ella asumió que había permitido que la IA sustituyera responsabilidades que le eran propias. Yo, más vieja, desconfiada y tememora, estaba dejando que entrara de a poquito.

Esa tarde hablamos del sentido que tiene acompañar procesos. De la paciencia, de la sensibilidad, de las expectativas que requiere ser profesor y también alumno. Conversamos sobre los distintos modos de estar presente. Algunos tan imperfectos y artificiales, otros tan potenciadores que queremos mantenerlos en nuestras vidas.

Nos preguntamos ¿qué hacer con aquello que nos resulta difícil?, ¿cómo aprender de lo inapropiado y de lo imprevisto?, ¿de qué manera mutar nuestras fisuras y desmoronamientos en un saber transformador?, ¿cómo ayudar-nos a usar nuestra inteligencia humana e imperfecta para sentir y pedir ayuda cuando las cosas no nos salen?

Yo sentí que el tiempo se había detenido. Era tarde y la universidad estaba desierta. Nuestra conversación debía llegar a su fin, al menos ese día. Mientras ordenábamos el aula y cada una guardaba sus cosas, la estudiante dijo:

Profe, ya sé que tengo que rehacer mi trabajo.

La mire afirmando lo que era obvio. Inmediatamente ella dijo:

¿Querés ser mi tutora?

Si, afirmé moviendo mi cabeza y sin dudarlo dije: “Recordá que yo soy humana. Primero pienso y luego pregunto al Chat GPT”.

Nos miramos y sonreímos. Apagamos las luces del aula y bajamos las escaleras hasta llegar al hall del edificio central. Nos saludamos y volví a mi despacho. Ya no había nadie allí para compartir lo que había pasado. En mi escritorio seguía el libro de Rancière y había un papel que sobresalía. Abrí para doblarlo y me topé con otra frase que había resaltado unos días atrás: “… enseñar es dar, no la llave del saber, sino la conciencia de lo que una inteligencia es capaz: darse órdenes a sí mismo”.


[1] Alejandro Apo (2022) lee el cuento «Los amigos por el viento» de Liliana Bodoc (2008). Escuchalo acá: https://www.pagina12.com.ar/491228-apo-lee-los-amigos-del-viento-de-liliana-bodoc