FRAGILIDADES EN TIEMPOS DE ÓRDENES Y RESPUESTAS AUTOMATIZADAS. Episodio 3.

Habían pasado casi tres meses desde aquel primer encuentro con el Chat GPT. Con más frecuencia empezábamos a mencionarlo en reuniones de profesores: ¿alguien probó que dice el chat?, ¿podremos encontrar algo en la IA que nos pueda servir?

Compartíamos “trucos” para dar órdenes cada vez más específicas: saludar siempre a la IA, utilizar verbos precisos al momento de hacer pedidos, chequear las respuestas con otras fuentes, formular preguntas de manera diferente, entre otros.

El Chat nos estaba brindando ayudas para resolver tareas de todos los días, las hacía más livianas, pero nada de eso incluía a los estudiantes. No había lugar para alojar preguntas incómodas respecto de cómo podría afectar el Chat GPT al aprendizaje y cuáles serían las experiencias que quizás estarían teniendo los estudiantes con la IA. Parecía un tema prohibido.

Tal vez todos dábamos por supuesto, como si fuera una premonición silenciosa, que el chat GPT nos traería problemas con nuestros estudiantes. Si la IA agilizaba nuestras tareas, seguramente también las de ellos. La fórmula Chat GPT+ estudiantes = fraude comenzaba a rondar, al menos en mis pensamientos.

Parecía acorralada por dilemas. Saber y no saber sobre la potencialidad y los peligros del chat GPT. Enseñar usándolo en clase o ignorarlo en mis prácticas como si fuera un desconocido. Conocer qué hacen los alumnos con la IA o mejor postergar esa búsqueda.

Por suerte algo inesperado me sorprendió. Era martes y la primavera ya se estaba dejando ver por la ventana del despacho. Bajé por un café. El sueño me vencía luego de una mañana llena de clases. Volví a mi escritorio y comencé a leer un trabajo final de carrera de una estudiante. A medida que avanzaba en las páginas iba sintiendo incomodidad. Me movía en la silla, resaltaba frases en el texto, hacía anotaciones al margen. Estaba inquieta. Algo no me cerraba. Encontraba información que me resultaba rara, incongruente, errores conceptuales repetidos. El escrito tenía un formato desconocido. Nada me cerraba. Era evidente que el trabajo era ajeno a la autora, a su nivel de formación y a los requisitos que organizan este tipo de escritos. 

El café se enfrió porque la lectura me atrapó. En veinticinco minutos leí las cuarenta páginas y poco a poco la idea de una posible presencia del Chat GPT en el trabajo fue ganando fuerza.

A esta altura yo también tenía mis trucos con el Chat. Le hice preguntas sobre el trabajo y pegué fragmentos del texto para ver si la IA se atribuía la autoría. Busqué las referencias y autores citados en el texto y descubrí que algunos eran inexistentes. Encontré dos blogs de profesores que explicaban cómo descifrar el uso del chat en tareas realizadas por los estudiantes. Algunos de estos indicios coincidían con fallos presentes en el escrito. Terminé el café ya frío y con un sabor amargo. Esa tarde me di cuenta que ya estaba ante el primer trabajo de un estudiante en co-autoría con el Chat GPT.  

Cuando llegué a casa le comenté a mi esposo lo que había descubierto. Espantada le conté mi proceso como si hubiera reunido pistas para resolver un crimen. Me sentía una Sherlock Holmes pedagógica.

Recuerdo que esa noche no podía conciliar el sueño. ¿Y ahora qué?, ¿qué debía hacer?, ¿hay protocolo para esto?, ¿es plagio? Estaba desorientada. Me enfrentaba a un no saber qué hacer, qué decir, qué proponer. Buscaba entre mis pensamientos una posible salida. No quería limitarme a suspender el trabajo y fin del cuento. Intentaba pensar qué podíamos aprender de esta situación.

Di muchas vueltas en la cama. En una de ellas, recordé el libro que había leído el verano pasado: “La inteligencia de las flores” de Maurice Maeterlinck1. Un texto al que llegué que me sumergió inesperadamente en el asombroso mundo de la botánica. Me levanté y fui al estudio. Entré, prendí la lámpara del escritorio y me dirigí a la biblioteca. Recorrí con mis dedos los lomos de los libros de los dos primeros estantes. Allí estaba. Lo tomé y al abrirlo leí: “Que encontremos algunas plantas y flores torpes o desafortunadas no significa que estén completamente desprovistas de sabiduría e ingenio. Todas ellas tienen la ambición de invadir y conquistar la superficie terrestre multiplicando hasta el infinito la forma de existencia que representan porque la ley que las condena es la inmovilidad”.

Leí estas frases e inevitablemente pensé en cómo me sentía. Las respuestas ya sabidas como profesora hoy no servían. No podía quedarme inmóvil. Tenía que salir de lo conocido e ir más allá. ¿Qué otra forma de existencia requería esta situación?

Ya eran más de las dos de la mañana. Fui por un vaso de agua y volví a mi estudio para seguir leyendo. Recordé algunas cosas que había aprendido con este libro. La más importante: detrás del silencio y la sensación apacible que generan las plantas, hay un mundo que se rebela desde la raíz contra el destino. Ganar altura, escapar de la fatalidad del suelo, eludir y transgredir la inmovilidad, liberarse. Algunos dicen que las plantas se inventan alas para vencer el espacio al que las condena el destino y así logran avanzar ganando otros terrenos, expandiéndose y creciendo.

Ya era tarde y decidí terminar el capítulo que había comenzado a leer al azar. Volví a la cama con esta última frase: “La flor ofrece un prodigioso ejemplo de insumisión, coraje, perseverancia e ingenio. Si decidiéramos alzarnos contra las diversas necesidades que nos aplastan con la mitad de la energía que despliega una pequeña flor de nuestro jardín, cabe pensar que nuestra suerte sería muy distinta”. Recuerdo que me dormí pensando en la importancia de despegarse de la idea de plagio y suspenso, de no quedarme en el mismo lugar, de rebelarme contra ese destino que a veces parece limitarnos la evaluación. ¿Qué tendría que hacer para expandir mi comprensión y ayudar a esta estudiante a usar su inteligencia?

  1. Maeterlinck, M. (2022). La inteligencia de las flores. Gallo Nero. ↩︎

Continuará…