Hace menos de un año escuché por primera vez la palabra “Chat GPT” salir de la boca de una profesora en la universidad en la que enseño. Estábamos en la cafetería tomando algo con otros compañeros para cortar la mañana, cuando ella dijo de forma espontánea: 

¿Vieron lo que hace el chat GPT? 

¿Chat qué…? dijo otra.

Algo escuché en una charla que dieron unos expertos sobre la inteligencia artificial (IA), pero no lo entendí bien, expresó uno de los profesores que se unió a la conversación.

Chat G-P-T, aclaró diciéndolo en un tono más fuerte y pausado.

Al escuchar esto por segunda vez, focalicé mi atención en la primera palabra y por deducción pensé que iba a conversar con alguien. ¿Sería un espacio de encuentro?, ¿un lugar de reunión con otros? Unos segundos después, me detuve en las siglas GPT y me sentí totalmente perdida. Confieso que hice esfuerzos para vincular estas siglas con lo conocido, pero lo único que me vino a la mente fue G-P-S. Dos letras iguales y una muy diferente. Pensé que quizás estaba ante un buscador como cuando me subo al coche y necesito opciones para conducir segura y llegar de la mejor manera a destino.

Mis conjeturas duraron el tiempo que tardamos en terminar el café, subir las escaleras y volver a los despachos a trabajar. Como había cierta intriga en el aire, la profesora que mencionó al Chat GPT decidió mostrarnos qué era. Nos reunimos en su escritorio y unos minutos más tarde vi con mis propios ojos al mismísimo Chat GPT en la pantalla de su computadora. Ella daba órdenes y de forma casi instantánea recibía respuestas. No había sonido en esta escena más que el ruido de sus dedos deslizándose rápidamente por el teclado. Escribía y aparecía la respuesta, escribía y una vez más había una respuesta.  

Recuerdo que pasamos casi una hora probando esta nueva herramienta. Se nos ocurrían hacer todo tipo de pedidos al Chat. Era como un delivery de órdenes disparatadas que nos surgían en el momento. Desde solicitarle textos relacionados a los temas que investigamos hasta ordenar referencias siguiendo las normas académicas. Escribíamos el pedido y en un parpadear ya había una respuesta en la pantalla. 

Al principio sentí asombro y pensé cuánto tiempo dedicaba a tareas laborales que se llevan horas y horas de mi día. Quizás desde ahora podría resolverlas de forma más rápida. En un instante soñé con tener más tiempo libre si incluía a la IA en mi vida. Me imaginé haciendo caminatas por la tarde en lugar de corregir pilas de trabajos de los estudiantes, en dormir más en lugar de dedicar horas a preparar actividades de clase. Incluso pensé en escribir más artículos como investigadora entrando así en el bucle de la productividad. Ya no tendría que perder tiempo en buscar bibliografía, escribir y reescribir mis documentos, hacer traducciones a otros idiomas y tantas otras cosas que se me iban ocurriendo a medida que veía la rapidez con la que el Chat resolvía las tareas.

Esa mañana seguimos probando la IA. Creo que buscábamos forzar hasta dónde llegaba su capacidad de resolver las demandas que le hacíamos. Ver sus límites o quizás los nuestros.  

Cuando nos cansamos de hacer búsquedas sobre temas profesionales, comenzamos con otros más banales. Jugar con el Chat GPT se convirtió en algo divertido: ¿cuáles son los mejores lugares turísticos de España que puedo visitar en otoño?, si tengo pescado, zanahorias y arroz, ¿qué recetas me sugieres para la cena de esta noche?, necesito ir a la Plaza Mayor en hora pico, ¿cómo hago para llegar sin estresarme?, quiero escribir un correo electrónico para mi jefe pidiendo más días de vacaciones, ¿qué debería tener en cuenta? 

Todos pasamos del asombro a la risa porque no podíamos creer lo que estábamos viviendo, pero esto duró poco. Una profesora interrumpió la ronda de pedidos al Chat al decir: ¿Qué vamos a hacer cuando los alumnos descubran esto? 

Inmediatamente volvió el silencio. De la risa pasamos al susto y así al miedo. En pocos minutos cada uno volvió a su escritorio. Hubo una desconcentración rápida. A diferencia de lo que hace el Chat GPT todos nos quedamos sin respuesta inmediata, pensativos e incluso rendidos. 

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