
Se nos vino la noche.
Estaba convencida de que la presencia del chat GPT en el trabajo de la estudiante era una oportunidad para pensar. Lo sabía, lo sentía. La situación me trajo a la memoria un fragmento de Santos Guerra. En el libro “Textos para el desaliento educativo”1 focaliza en la figura de los infractores. Cuenta que muchas personas que han infringido las normas han hecho avanzar la historia. Y si bien el infractor es molesto porque cuestiona el orden establecido, también genera interrogantes y provoca reflexión. ¿Podré tomar entonces esta situación como una infracción que interrumpe un camino prefijado, que abre nuevas preguntas y que lleva a pensar lo no pensado aún? Decidí afrontarla como un desafío y no quedar encerrada en un círculo de juicio moral.
Tenía una oportunidad para conversar con la alumna. Quedaba la instancia de defensa oral del trabajo. Desorientada y perdida, pero motivada por la situación me propuse pensar cómo organizar el encuentro con esta estudiante. Me resisto a limitar la exposición de un trabajo a un trámite pedagógico. Me niego a convertirla en una defensa que pone al otro frente al paredón para demostrar cuánto sabe. Evaluar no es una cacería de brujas para exponer lo que no se aprendió.
No podía y no quería mostrarme indiferente. Estuve varios días pensando en esto. Necesitaba aclararme. Volver a mi biblioteca y releer algunos libros. Caminé mucho. Comenté la situación con un colega en la universidad. Hice un llamado a otro que estaba lejos. Resonaba en mí las palabras de Jean-Luc Nancy: “… quizás haya que empezar por sentir de nuevo: siempre se trata de eso, de que el sentido, el sentido del mundo, el sentido del que estamos a cargo, que nos preocupa y nos inquieta, pide de nuevo lo sensible. Cuidar la frágil piel del mundo pasa, pues, por cultivar la propia sensibilidad y recobrar el presente”. Solo dejándome atravesar y afectar por esta situación, es decir, dando lugar a mi propia sensibilidad, podía ir al encuentro con la estudiante.
Llegó el día. La exposición del trabajo duró quince minutos. Ella parada al lado del pizarrón y yo sentada en un banco. El momento comenzó siendo tenso o al menos lo recuerdo así. Yo estaba nerviosa. Respiraba fuerte, exhalaba profundo. Al terminar le hice dos preguntas acerca de la metodología utilizada. Éstas bastaron y pusieron en evidencia lo que ya presumía: no era la autora del escrito.
Aquí podría haber terminado todo. La evaluación había finalizado y el “no apto” era incuestionable. La profesora que estaba conmigo se levantó, guardó sus cosas y salió del aula con poco aliento y bastante decepción. Sin embargo, yo había pensado tanto en este encuentro que le propuse a la alumna tener una conversación. La tensión seguía, se sentía en el aula, pero esta vez no era por la evaluación.
Me levanté de la silla y caminé hasta el fondo del aula. Tomé otra y la acerqué a la mía. Nos ubicamos una frente a otra.
Recuerdo que, a medida que hablamos, el sol se encondía y caía la noche. Poco a poco perdimos la poca luz que entraba por la ventana del aula entre preguntas, muchos silencios y pocas respuestas. Costó conversar. Me resistía a limitar las palabras a un sermón. Era justamente lo opuesto a lo que había estado pensando por días.
Le pregunté cómo había sido su paso por la carrera y qué expectativas tenía luego de graduarse. Me intrigaba saber qué había aprendido en todos estos años en la universidad. Creo que ella se sorprendió. Por eso primero me escuchó, me observó y poco a poco fue permitiéndose hablar como si estuviera buscando la salida de un laberinto. Se fueron cambiando los roles: ella comenzó a hablar y yo a escuchar. Entendí qué importante era mostrarme permeable, siendo que el callarse también es una modalidad de palabra posible.
Luego, sin buscarlo, nos encontramos nuevamente conversando sobre su trabajo. Ya había caído la noche y la oscuridad no dejaba ver nada a través de la ventana del aula. La estudiante comenzó a relatar las dificultades que había tenido con su tutor y lo difícil que le había resultado esta última etapa de la carrera. La angustia apareció y con ella, la sensación de desolación. Mencionó que, en muchas ocasiones, se había sentido a la intemperie y que la desesperación la había llevado a cometer errores de los que estaba arrepentida. De repente dijo:
– Me equivoqué profe, pedí ayuda a una amiga y me salió todo mal en el trabajo.
– ¿Una amiga? pregunté.
– Use el chat GPT. Esa es mi amiga.
La confirmación de mis sospechas ya eran un hecho. Ella confesó su infracción. Por la ventana del aula vi que las luces de la calle empezaron a prenderse. En ese instante, me acordé de la pregunta que hacía meses nos había paralizado: ¿qué vamos a hacer cuando los alumnos descubran el Chat GPT?
Era momento de hacer algo.
Continuará...
- Santos Guerra, M.A. (2008). La pedagogía contra Frakenstein y otros textos frente al desaliento educativo. Graó. ↩︎






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